Tono y las señoras marquesinas

Publicado por el sep 29, 2014

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He salido de paseo con mi chacha y he visto que, por todas partes, hay unos obreros sacando tierra y haciendo montones con ella. Yo creía, al principio, que estaban buscando un hueso, pero creo que todo esto lo hacen para arreglar Madrid, que por lo visto está sin acabar. No comprendo que, estando como estamos, en el año mil novecientos cuarenta y ocho, esté Madrid todavía sin hacer, pues me parece que en mil novecientos cuarenta y ocho años hay tiempo más que suficiente para hacer un Madrid y hasta dos Madriles.
    He oído decir a mi chacha que la culpa de todo esto la tiene el Ayuntamiento, que es el que manda a hacer estas cosas. En el Ayuntamiento, según tengo entendido, hay unos señores que se reúnen en una habitación y, después de mucho discutir y de nombrar una ponencia, acaban por ponerse de acuerdo con la ponencia y, entonces, mandan a los obreros a la calle de Tal o a la calle de Cual para que hagan un agujero y se diviertan un poco, los pobres.
    –Yo estoy deseando ser mayor para poder ir con mi cubo y mi pala a hacer agujeros de estos con los obreros.
Del Diario de un niño tonto, de Tono
Sesenta y seis años después, el Ayuntamiento de Madrid, seguramente el más endeudado de España, procede a satisfacer la demanda social más importante de la capital, el cambio de diseño de las marquesinas en las paradas de la Empresa Municipal de Transportes. Unas señoras marquesinas dotadas con todos los adelantos, incluido un termómetro electrónico que en pleno otoño mesetario garantiza temperaturas tropicales (41 grados) por medio del calor acumulado durante el verano en las cámaras de metacrilato de las paradas de Álvaro Siza en el Paseo de la Castellana.
Antonio de Lara Gavilán, Tono, que había vivido en Nueva York, Chicago, Berverly Hills y Hollywood (donde intimó con Einstein y Charlot), desapareció por uno de estos escotillones madrileños en 1978. Fundó La Codorniz, y una vez dijo: “Tengo ganas de que nazca nuestro niño para saber cómo se llama”. Después escribió su Diario de un niño tonto. Y por epitafio dejó la siguiente nota: “¿No os lo decía yo?”

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