Que el cielo lo juzgue

Publicado por el mar 1, 2013

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    Quisieron ser como dioses del tapadillo (primero no había licencia, luego no hubo tiempo) y la maldición sansónica de los toros les echó abajo el plan de convertir Las Ventas en un chiringuito.
    Dijeron que no había sido nada, pero ha debido de ser muy gordo.
    Fue un vientecillo nocturno (un céfiro infecto de olímpico embate) lo que tiró el templete: la cubierta de la plaza de toros para convertir la plaza de toros en un zoco constantinopolitano. Cuatro noches más, y les cae todo el hierro encima a los convidados del festolín.
    La cúpula de San Pedro fue su modelo.
    Esto que un camión se llevaba esta mañana es la copia de aquel modelo.
    De Julio II y Miguel Ángel a Abella y Cerveró.
    –¡Es la modernidad!
    (Al dinero le llaman modernidad.)
    Como no han leído a nadie, ni siquiera a Foxá, no saben que todo el misterio de los toros es su anacronismo.
    En virtud de la modernidad, ¿por qué no torean los toreros en chándal?
    Un chándal colorado, como el de El Fary cuando salía por su urbanización a practicar “footing” en botines de tacón cubano, con gran sofoco de Javier (el rubio de los Pecos), su vecino.
    Santa Compaña de la Modernidad: Abella, Choperita… El toreo es casto y sensual. ¿A dónde vais vosotros con esa cobertera de ingeniería de carnaval?

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