Prohibido robar

Publicado por el feb 24, 2014

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El otro día, en la acera de la madrileña calle de Lista (de José Ortega y Gasset, para el vulgo), un policía motorizado abordó a una señorita dálmata con una amonestación que era la versión castiza de la dedicatoria que Byron le hizo en su “Don Juan” a Coleridge (“I wish he would explain his explanation”):
¡En España no se roba! –gritaba el agente de la autoridad–. Y a ti te han detenido por robar.
Y ayer, en una cuneta de la carretera de Arganda del Rey a San Martín de la Vega, atado al poste de la luz que linda con un pequeño invernadero rodeado de olivos, di con este letrero, delicia del maquiavelismo popular:
Prohibido robar.
Literariamente, la sutileza gitana del cartel va más allá que el famoso dicho de Anatole France (“el robo es una cuestión de tiempo”) con que Camba defendió al Pernales, bandido generoso, contra los aspavientos del ministro de la gobernación de aquel tiempo, que se quejaba de la glorificación periodística de la vida del bandolero, finiquitada por los tricornios del Teniente Haro en el Arroyo del Tejo, cuando comía en un olivar.
Desde luego, no es lo mismo el robo de hortalizas que el robo de libros. El robo de libros (“como ciertas cosas entre los moros”), dice Ruano, está jerarquizado por la edad:
Quizá se pueda robar de joven y dejarse robar de viejo, aunque no divierta –pensó tras visitar en su casa (¡en la calle de Lista!) al noventayochista Ruiz Contreras y llevarse unos cuantos libros bajo el abrigo.
Y me acordé del negocio que en plena República de Trabajadores un compadre de Pemán montó en “El Olivarito”, nombre de las veinte aranzadas de olivo que poseía. Llegado el tiempo de la recogida, en vez de contratar jornaleros, dejaba que le robasen los gitanos y luego regateaba el precio con ellos: dos o tres pesetas la carga. La propaganda corrió sola por el campo: “En ‘El Olivarito’ compran las aceitunas robadas en la misma finca”.
La jornada de dos horas de un gitano ladrón –explicaba el compadre– equivale a la de seis horas de un obrero sindicado: porque el robo se hace siempre con un ritmo más rápido y azorado. Cada ladroncillo me trae cada mañana una carga de aceituna superior a la que m traería un jornalero por la tarde. Pago, cuando más, por la carga, tres pesetas. Al otro, por jornal, tendría que pagarle diez. Me ahorro siete. Cuando esté “robado” todo mi olivar, yo tendré a precio módico mi cosecha en el molino.
Meditación que ofrezco al refinado autor del cartel de la carretera de Arganda del Rey a Sam Martín de la Vega, junto al parque de la Warner.

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