Primavera en los tejados

Publicado por el Apr 24, 2013

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tejado

En Sevilla, con la primavera, florecen los tejados como en el Kalahari, con las lluvias, las llanuras.
El cielo (lo que nuestros ojos llaman cielo) en Sevilla son banderas oficiales en los balcones, y en las cornisas, flores de colza (y lo de la colza me lo asegura un hispanista).
Si Lyz Taylor dijera, aquí, de subirse al tejado, no bailaría sobre zinc caliente, sino que se freiría en colza hirviendo, y sus ojos de violeta crepitarían como acedías de terraza en la Puerta de la Carne.
Por eso Lope, que sabía más que Lepe de mujeres, pedía al duque de Sessa aceite de sus olivares de Andalucía:
Ay que al duque le pido / aceite andaluz, / pues si no me lo manda / cenaré sin luz -que sería como cenar sin Lyz.
Y D’Ors, en los almuerzos de Pascua de la Academia Española, explicaba:
No hay más que dos grupos humanos: los que guisan con aceite (de oliva) y los que guisan con manteca. Los primeros son los semidioses; los segundos, los esquimales.
(Un día Wenceslao Fernández Flórez, como gallego, se molestó y estuvo a pique de marcharse: sólo Pemán pudo conseguir, con grandes esfuerzos, que se quedara.)
Los turistas de Sevilla conocen la bulla de las calles, pero no saben de la bulla de los tejados, entre cuya maleza conviven gatos siameses, palomas en celo y antenistas digitales vestidos de Cocodrilo Dundee, que en Sevilla es Jesús Quintero.

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