“¿Me da usted fuego, por favor?”

Publicado por el jul 28, 2011

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No sólo de poner multas iban a vivir los guardias de Madrid: también viven para dar fuego.
    –Su tema de conversación era el fumar –anota en sus memorias Christa Schroeder, secretaria personal del Fhürer–. Empezaba con una referencia al estrechamiento de las arterias. Seguía con el mal aspecto del estómago de los fumadores, gente desconsiderada por contaminar el aire de los demás. Y contemplaba la prohibición de fumar en Alemania: la campaña arrancaría con una calavera impresa en las cajetillas de tabaco.
    Antes del furor nazi contra el fumar, dar fuego al sablista era uno de los mandamientos de la civilidad.
    Si se incendiara el Prado y sólo le diera tiempo a salvar una cosa del fuego, ¿qué salvaría?, le preguntan a Cocteau, que contesta:
    –El fuego.
    Y un poeta:
    –Se frotan dos maderas y nace un dios danzante.
    Los guardias de esta mañana en la calle del Arenal sólo han tenido que frotar un fósforo, y con eso han hecho feliz a una penitente de la bohemia.
    Por Ruano sabemos del maravilloso poeta y sablista madrileño Taso de la Rivera, descendiente de Don Pedro el Cruel, que un día se comió asado al perro de la pintora Bettina Jacometi. Aquel hombre necesitaba, cuando más, un duro, y, milagrosamente, todos los días lo conseguía. ¿Cómo? “Usted, que ha vivido tanto, no me negará un duro, don Enrique…”, le dijo una vez a Gómez Carrillo. Y ya no volvía a pedir dinero en todo el día.
    Bien, nuestro sablista ya tiene el duro:
    –Ahora, a retrasar el momento de acostarse, a meterse de lleno en la voluptuosa contemplación de un día más. Se tomará un café en un tupi: dos reales; comprará tabaco, cerillas y un librillo de papel: setenta y cinco céntimos; comerá su cocido, con vino y con pan: una peseta y una perra gorda; luego, otro café, ya de diván, café que permite la larga estancia entre espejos y valses sentimentales: setenta y cinco céntimos; aún puede cenar su plato de judías con chorizo por una peseta; por último, la cama, que son dos reales, una vela y un periódico para enterarse de lo que pasa en el mundo: dos perras, y ¡otro día más! Aún le sobrarán treinta céntimos, con los que salir a la calle se limpiará de pie las barcas de sus zapatos. Él sabe que los porteros se fijan en los pies de quienes preguntan por un inquilino…
    Y nada más que eso, a fin de cuentas, es Madrid.

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