Luces de la ciudad

Publicado por el dic 18, 2011

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Luces

    El momento más deprimente del año para la cultura oficial, las luces municipales de la Navidad, ya están colgando en la capital. Y son espantosas. Cuanto más laicas, más espantosas, pues de eso se trata: espantar en la gente ese sentimentalismo que la hace ponerse tan tonta por Navidad. Hace tiempo que este Ayuntamiento no conmemora el nacimiento de Jesús de Nazaret, sino el solsticio, esa época en que el Sol se halla en uno de los dos trópicos, aunque vayan ustedes a preguntarle a Alicia Moreno, responsable artística de la iluminación, en cuál de los dos trópicos anda por estas fechas Lorenzo, que el Sol se llama Lorenzo, y la Luna, Catalina, Catalina anda de noche y Lorenzo anda de día. Las luces madrileñas de Navidad, tan majaderamente posmodernas, han sido estudiadas hasta la caricatura por José Javier Esparza en “Los ocho pecados capitales del arte contemporáneo”. Ya que no producen alegría, se dirán sus diseñadores, por lo menos que produzcan libros. “¡Luz, más luz!” fue el grito postrero de Goethe, y así, a lo mejor, es como hay que entender estos gritos de luz municipal que, como padrenuestros de la nada, se bambolean en el vacío de la ciudad. Los bárbaros medievales creían que todas las cosas creadas son luces que daban testimonio de la luz Divina y permitían así que el intelecto humano lo percibiera. La idea de que la percepción intelectual era el resultado de una acción iluminadora en la que el intelecto divino ilustraba a la mente humana les venía de San Agustín. Pobres bárbaros medievales, al lado de estos concejales posmodernos que, en asuntos de acometidas y bajantes de luces navideñas, abrevan en Eva Lootz, que tiene dicha una cosa que, desde luego, no viene en “La ciudad de Dios”: “Soy de las mujeres que cuando logran arreglar un enchufe siente un subidón de logro y autoafirmación que difícilmente sería mayor si me dieran un premio importante.” Mas para que no reparemos en esas luces chirles y hebenes de la Navidad sin Niño de Madrid (¿qué ventilaría uno en Disneylandia sin los chiquillos?) están instalando unos megachirimbolos que parecen patíbulos diseñados a medias por Jean Nouvel y Otero Besteiro. Madrid es Deadwood con más multas.

De sastre

    Cuando una cultura siente que su final se acerca, manda a llamar a los curas, decía Karl Krauss, el chinche intelectual de Viena. Lo que pasa es que aquélla era una cultura espiritual. La nuestra, la de esta Viena Capellanes –¡pero laicos!– que Gallardón quiere hacer de Madrid, Viena hojalatera, al fin y al cabo, a base de músicos y actores de hojalata, es eso, laica, y cuando siente, como es el caso, que su final se acerca, manda a llamar a los diseñadores, que en Madrid es decir a los sastres. Así que, en vez de luces de Navidad, tenemos luces de solsticio hiemal de sastre. Los salvajes que pueblan la antropología de Frazer, en llegando estas fechas, lanzaban flechas incendiarias al sol a fin de que no se apagara. Con la misma idea, los sastres que habitan el falansterio municipal de Gallardón cuelgan bombillas. ¿Qué tendrán que ver los sastres con las artes plásticas? Es como si monseñor Guerra Campos, para reponer las vidrieras de la catedral de Cuenca, en lugar de recurrir a los balanos embravecidos de Bonifacio y otras yerbas de la cuadra zobelesca, hubiera recurrido a la geometría al jaboncillo de los sastrecillos valientes. Gracias a las deliciosas controversias íntimas entre Amadeo Vives (ya entonces venían de Barcelona a Madrid a tocar…) y Azorín en el café de la Carrera de San Jerónimo, sabemos que los que verdaderamente saben las cosas del campo no son los labriegos o pelantrines, que confunden un pájaro o una yerba, es decir, que cambian las cosas e ignoran sus nombres; son los cazadores. Por eso Azorín andaba siempre a la caza de libros de caza; sobre todo, los libros de caza escritos por cazadores indoctos, no leídos, pero conocedores de su oficio, como, por ejemplo, “El experimentado cazador”, de cuyo estilo da fe la siguiente muestra: “En el verano debes buscar y cazar las liebres en los labrados y palmares; en los prados juncales, en los altillos donde corra el aire, y en las viñas, al cebo de la yerba fresca y lo fresco de las parras.” Bueno, pues con los sastres ocurre lo mismo. Los sastres son los pelantrines del diseño. Y el soslsticio hiemal, una mamarrachada.

    PD.-Cosas que uno dijo de las luces municipales de Navidad en los dos últimos años. Este año me di de bruces con las luces como altramuces de Eva Lootz, que antes alumbraban la exclusiva calle de Serrano, en la populachera (en el mejor sentido de la expresión) calle de Bravo Murillo. Después, en Plenilunio, un centro comercial que promete el siglo veintiúno a los tesalonicenses, fotografié el relumbrón del solsticio hiemal al Este de la capital.

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