Las motos del Gijón

Publicado por el mar 24, 2014

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El “Gijón” de Umbral no es el “Pombo” de Ramón, cuyo dueño, Lamela, vestía con una faja cuya cinta tenía los colores nacionales y pasó a la posteridad porque murió sin tolerar que en su Café entraran las gambas, representación, para él, de lo moderno, lo tránsfuga y lo pueril, igual que para mí las motos de las aceras. Ni gambas ni cerveza servida en caña. Además de tener este señor Lamela desdén por los ajos y unas uñas de hombre que se levanta muy temprano y se pone gorra y zapatillas, en definición de Ramón, que también dio fe de los paseos lamelianos en el tranvía que tenía un recorrido más largo y más barato, Goya-Rosales, viajes de quien nada tenía que hacer en Goya y se iba a Rosales, y como en Rosales tampoco tenía que hacer, pues volvía a Goya, donde nada le esperaba. En aquellos paseos le robaron a Lamela por dos veces la cartera, y él entonces se proporcionó la falsa cartera para los ladrones, una cartera en que todo era ramonianamente falso, con un calendario equivocado, con décimos de lotería de 1800, con un cheque falso y retratos que no eran de nadie.
No. El “Gijón” aspiraba a más; aspiraba a guarida del lobo literario, y yo no entraba allí ni de estudiante, por miedo a tantos lobos tomando café con leche en taza de merienda para escribir las obras maestras a que habían sido condenados a escribir a la caída del franquismo. Mientras tanto, la estrella del Café era el cerillero, protagonista de todas las novelas surgidas… en el Café.
El otro día, con el estreno de la primavera, pasé por la puerta, y descubrí que el antiguamente elegante Paseo de Recoletos es hoy un futurista aparcadero de motonetas, que diría Juan Rulfo, como si los poetas, mecánicos del idioma, fueran a escribir en moto y con los dedos manchados, no de tinta, sino de aceite, cosa que uno veía venir desde que supo de un viejo crítico literario que sólo alcanza su punto de fricción sensual en las estaciones de servicio, vestido con mono azul y provisto de grasa de motor en las uñas.
Toda la poesía contemporánea cobra sentido sólo si se sabe que los poetas van al Parnaso en moto.
Y me ha extrañado leer que los alegres muchachos fascistones de la Marcha de la Dignidad (¡qué derrota para la Real Academia Española!) rompieron, no las motos, sino las lunas del “Gijón”.

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