La tarde que volví al Café Gijón

Publicado por el Sep 4, 2014

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No sé cómo sería el Gijón la noche en que Umbral llegó al Café Gijón. Yo volví allí la otra tarde, después de veinte o veinticinco años, con amigos de escribir (divino Hughes, Táuler pagano) y buscando de beber (nunca de leer), pero aquello parecía Gaza preparado por Gil Parrondo para un programa de Ana Rosa, pues sólo había viejos y niños de teta charlando y llorando bajo el retrato de Umbral.
Umbral fue al café en busca de Pemán, porque “Pemán tenía el secreto del artículo”.
Quizá sólo Ruano y él lo tenían, tan diferentes –anota en sus memorias.
Más memorias: las de Ruano en las de Umbral, que escribe:
Al final de sus “Memorias” se define (Ruano) a sí mismo como “un pelele lamentable”, y confiesa que no ha escrito jamás nada digno; si estas confesiones no merecen un respeto, es que somos, efectivamente, “una tribu con pretensiones”. Y lo somos. Cuando Francisco García Pavón le mostró un día a Laín, siendo Paco director de Taurus, el gran manuscrito de los “Diarios” de César, que pretendía publicar, Laín hizo un gesto de asquito. Pero César, y lo siento, era más grande escritor que nadie, desde Ramón, escritor puro… Al fin y al cabo, César no se había puesto jamás la camisa azul/fascista. A lo mejor era lo que no le perdonaban. César era monárquico liberal de don Alfonso, o, mejor aún, libérrimo. Termina su último artículo, que el ABC publicaría después de muerto, con un patetismo visual, porque era hombre de pupila y muñeca, o sea escritor: “El miedo es blanco. La soledad es blanca”. Como el grueso manuscrito de los “Diarios” estaba ya comprado, las nuevas gentes de Taurus tuvieron que publicarlo un día, en una feria del libro, y le pusieron un eslogan infamante: “El escritor más camp de España”. Pero el escritor más camp de España había hablado de Barbey d’Aurevilly, Villiers de l’Isle Adams, Laforgue, Gilles de Rais, el dandismo y todo eso, antes que nadie en España, y en los escarpados y sequizos años cincuenta, cuando aquí todos los forzados de la literatura estaban en el socialrrealismo y le tenían por señorito cínico, alfonsino y muy dederechas. Hoy, los jóvenes novísimos y “venecianos”, los que llevan ya treinta y tantos años de jóvenes –hay que joderse–, no hablan de otra cosa que de esos autores, incluido Sade, por arriba, y el detestable Hoyos y Vinent por abajo. José Julio Perlado, promesa intelectual frustrada del Opus, me dijo un día: “Ruano, en Teide, enjoyado y contando viejas historias, parece una cómica antigua y loca”. Lo moderno/tecnológico/funcional era el Opus Dei. Hay que joderse, repito. Los cuarentañistas no le perdonaban que fuese mucho más escritor que ellos, y nada fascista oficial de Burgos, y la izquierda no le perdonaba que fuese un señorito pobre que tuvo que inventarse “el conjunto Ruano”, que consistía en alternar la única chaqueta y el único pantalón presentables que quedaban en casa, para salir a la calle. ¿Por qué vuelve –me pregunto hoy, a la altura de estas Memorias– todo el mundo de Ruano y no vuelve él?
Al marchar, recuerdo de Umbral su cuento de un dramaturgo pequeñito, quieto en una silla, “como un adorno del café”, y una periodista golfa, “con buena pluma y mal cuerpo”, contando a gritos: “Yo se la he mamado alguna vez y es como beber en botijo”.
Pues eso.

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