La pesadilla del hormiguero

Publicado por el abr 29, 2014

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Bertrand Russell tuvo una mala suegra.
Cómo sería de mala la suegra que, al enviudar, vendió la dentadura postiza de su esposo y se negó a cumplir el deseo expresado en su lecho de muerte de que se hiciera un presente de cinco libras esterlinas al jardinero.
El dolor (de suegra) me hizo sentimental –anota Russell en sus “Memorias”–, y solía construir frases como “Nuestros corazones construyen preciosos relicarios para las cenizas de las esperanzas muertas”. Descendí incluso a leer a Maeterlinck.
¡Descendí!… incluso a leer a Maeterlinck.
Yasí, comido por la curiosidad, descubrí yo a Maurice Maeterlinck, biógrafo de las abejas, los termes y las hormigas.
Las hormigas son, para mí, las criaturas más inquietantes de la Creación, por lo que tienen de espejo, incluida la buena (y falsa) prensa que les proporcionan los fabulistas.
Aquel “tú no llames nunca la atención” con que la familia y la escuela nos dieron la infancia remitía directamente al hormiguero de la primavera (cada primavera, de nuevo, aquí), con su despertar a ras de suelo de hormigas de obediencia ciega y cabezada andante.
Mi pesadilla es pensar que al morir, en vez de subir al cielo, bajamos al hormiguero.

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