La bufanda de Valle-Inclán

Publicado por el Mar 27, 2014

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Hoy, para escupir la anestesia del dentista, bajé al sol de marzo por Recoletos, y di con un grupo de cómicos poniendo la bufanda blanca, como de pipero de palco madridista, a la estatua de don Ramón María del Valle-Inclán.
A mí con el teatro me pasa lo que a Ruano (que escribía junto a esa estatua, en la terraza del Teide), y es que no entiendo de teatro por falta de afición, dado que el único teatro que me gusta son los toros.
¿Hay arte en los toros? –preguntan en “La Lidia” de 1905 a Valle-Inclán.
Naturalmente que sí –responde don Ramón–, y mucho. Mire usted: la mayor manifestación del arte es la tragedia. El autor de una tragedia crea un héroe y le dice al público: “Tenéis que amarle.” ¿Y qué hace para que sea amado? Le rodea de peligros, de amenazas, de presagios… y el público se interesa por el héroe, y cuanto mayor es su desgracia y más cerca está su muerte, más le quiere. Porque el hombre no quiere a su semejante sino cuando lo ve en peligro… En los toros la tragedia es real. Allí el torero es autor y actor. Él puede a su antojo crear una tragedia, una comedia o una farsa. Cuanto mayor es el peligro del torero, mayor es la amenaza de tragedia y más grande es la manifestación de arte… Quitemos a los toros la facultad de matar, y ya no hay fiesta, porque no hay tragedia, no hay arte… El torero que toreando se acerque más a la muerte, ése será el mayor artista, el que mejor interpretará la tragedia taurina, aunque el otro, el que toree con mayor facilidad, quede más veces mejor que él. Joselito, los Quintero y la Argentinita son la misma cosa
Lo que pasa es que los farsantes del toreo les han quitado a los toros tragedia como Brecht le quitó al teatro placer.
Dice Fumaroli, y dice bien, que para Brecht el placer del público en el teatro era el equivalente del vodka para el mujik, una traición a la causa del pueblo.
El súbdito del régimen totalitario, esclavo en el trabajo, y condenado a ser un poco más esclavo en su tiempo de ocio, en el teatro.
Bajo Malraux, estuvieron de moda en Francia las puestas en escena “brechtianas” y la crítica “brechtiana”, y se adoptó la costumbre de torturar a los textos clásicos a fin de hacerles confesar que por fin habían comprendido el sentido económico de la historia.
Recoletos, hoy, es el paseo más triste de Madrid. Triste empedrado de bicicleteros y moteros tristes, triste el lago, triste el pato (¿quién se comería a la pata?), cómicos tristes de la mañana, cuando todos los gatos son tristes, privándose de su bufanda para ofrecerla a alguien todavía más pobre (en estatua) que ellos, don Ramón María del Valle-Inclán.

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