El último caballo

Publicado por el nov 13, 2012

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    Hacia el kilómetro 5 de la M-302 hay un punto funerario improvisado, que es la improvisación de la hora, con cristos, cruces, coronas, dedicatorias y oraciones de noviembre, y entre tantas ánimas y cosas, en una fosa, como una viuda india, el motor de un automóvil desenterrado. ¡Cielos! Aquí yace el futurismo.
    –¡Llanuras tenebrosas! Yo os paso el gran galope / de este monstruo enloquecido… Estrellas, estrellas mías, / ¿oís sus pasos, el estrépito de sus ladridos / y el estertor sin fin de sus pulmones de cobre? -canta Marinetti.
    El hombre, al mecanizarse, no quiere perder los nombres de los animales que refrescaron su imaginación, y por eso, nos dice Foxá, medimos la potencia de los motores con caballos de fuerza.
    En la fosa de la M-320 descansa el último caballo de un 16 válvulas.
    –¡Cómo odia la tierra a los que vuelven!
    (Los mutila, los ennegrece, hace harapos de sus vestiduras como si los hubiera revolcado en las zarzas, como si ellos volvieran de misteriosas selvas intrincadas.)
    “Estrellas mías… ¡Más rápido!… ¡Todavía más rápido! ¡Sin tregua! ¡Sin reposo! ¡Soltad los frenos!… ¡Qué! ¿No podéis?… ¡Rompedlos!… ¡Pronto! ¡Que el pulso del motor centuplique su impulso! ¡Hurra! ¡No más contacto con nuestra tierra inmunda!”

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