El toro bravo y el buen salvaje

Publicado por el Oct 1, 2011

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    Con el toro ocurre como con el salvaje: que la crítica, como la antropología, lo ha pervertido todo.
    El antropólogo, dice Bertrand Russell, selecciona e interpreta los hechos de acuerdo con los prejuicios prevalecientes en su época.
    –¿Qué sabemos del salvaje quienes nos quedamos en nuestras casas? Los seguidores de Rousseau dicen que es noble, los imperialistas le consideran cruel, los antropólogos de mentalidad eclesiástica afirman que es un buen padre de familia virtuoso, mientras que los partidarios de reformar la ley del divorcio aseguran que practica el amor libre. Sir James Frazer dice que el salvaje siempre mata a su dios y otros nos lo presentan dedicado continuamente a ceremonias de iniciación. En una palabra, el salvaje es un individuo servicial que hace lo que sea necesario para sustentar las teorías de los antropólogos.
    El toro “bravo” es una criatura servicial que hace lo que sea necesario para sustentar las teorías de los críticos.
    Las teorías de los críticos sostienen que toro bravo es aquél que en la plaza, si le lanzas una pelota para que trote, trota tras ella. Es el mundo de “Pompito”, el toro bobo (como sus cinco hermanos) que echaron el viernes en Las Ventas. Si a “Pompito” le tiras una piedra a la cabeza, como hicieron Castella y Perera con sus trapazos, huye. Pero si a “Pompito” le lanzas pelotitas para que trote, como hizo El Cid (en la imagen, citando al natural al infeliz de “Pompito”) con sus muñecas (el cuerpo ya no, porque se defiende), trota.
    –Soy la pelotita de Jesús –gustaba de decir Santa Teresita de Jesús.
    Mi primer cartel taurino de niño colado por la tapia de ladrillos en la plaza de Burgos fue Puno, Teruel y Cordobés. Seguí por TV a Bienvenida y a Camino; en Las Ventas, a Chenel; y por carretera, a Ponce, a Rincón y a El Cid, más los paréntesis “hooliganescos” de Ojeda y Tomás. Aparte lo de Rincón con “Bastonito” (al que la crítica enviaría al matadero para sustituirlo por “Pompito”), al que más toros de casta he visto torear es El Cid, que ahora, por circunstancias de la vida y del oficio, ha tomado el camino del toreo cultural (afuera y atrás), que es el de moda, abandonando el toreo gubernativo (adentro y adelante), ética que en este momento sólo defienden Mora y Fandiño, a quienes en previsión del daño que harían al escalafón lidiando toros de casta han encerrado, para su mano a mano en Madrid, con los “Pompitos” de Gavira.
    Visto desde el lado de los que pagan: el final de esto es el pompitismo, ismo de los palmeros de “Pompito”.

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