El silencio de Ávila

Publicado por el Feb 14, 2013

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    Ávila, de noche, es silencio.
    A Pascal lo aterraba el silencio de los espacios infinitos.
    En Ávila, no.
    Y eso que ya quisieran los espacios infinitos de Pascal hacer un silencio como el de los espacios amurallados en la noche de Ávila.
    Veníamos del ruido y la furia del carnaval de Ciudad Rodrigo, y paramos en Ávila para cenar, olvidando que Ávila no está hecha para cenar, sino para silenciarse.
    El silencio de Ávila en que veraneaba Santayana.
    El silencio de Ávila en que descansó don Claudio Sánchez-Albornoz de sus batallas de ruido y furia (“la ‘vehementia cordis’ que nos atribuía Plinio”) con Américo Castro, que había hecho suyo el cadáver de España.
    Más Laín, que por allí, y a favor del castrismo, ladraba.
    –Orgullosamente usted declara leer a Kant; humildemente yo reconozco que leo el ABC.
    Eso le decía a Laín en ABC don Claudio, quien contra Castro, que acentuaba las raíces judaicas de la raza española, ponía el acento en las raíces góticas de Castilla.
    Y se hizo enterrar en el claustro –gótico cisterciense del siglo XIV– de la catedral de Ávila, bajo un hermoso epitafio: “Donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad”.
    Que, después de todo, sólo es silencio.

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