El blues de las acacias

Publicado por el mar 11, 2013

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    Mi sino son las acacias.
    De niño viví sobre una acacia burgalesa que llegó a ser para mí como el brezal de las brujas para Macbeth, personaje, por cierto, de mala suerte donde los haya, que en el libro yo lo tengo marcado, por el acaso, con un lapicero de madera, por la madera.
    De mi padre aprendí a coger todas las cosas malas que entraban por la puerta y a tirarlas por la ventana, es decir, sobre la acacia, cuyo balanceo me marcaba las horas del día, sobre todo la del cierzo, para no salir a la calle sin mangas.
    –¡A la acacia!
    Por indicación paterna, todas las desgracias familiares fueron a parar a aquella acacia de Burgos que, al cabo, ha hecho, para mí, las veces de rama dorada, siquiera para entrar en Madrid como Eneas en el Hades, hasta el punto de que, al leer “La rama dorada”, yo sólo veía mi acacia burgalesa, absurda como un zapato impar en su desafío al odio castellano al árbol.
    Ahora, en Madrid, también vivo asombrado por acacias: despeinadas, enfermas, municipales.
    La poda de las acacias madrileñas, con esos sarmientos terminales que nunca tuvo  su prima de Burgos, representa para mí lo que para Ramón el correo de ir y venir las golondrinas: el pisotón primero de la primavera y su escándalo de barbería en sábado de boda.
    No sé cuánto vive una acacia, pero cuento una poda de acacias por cuatro cortes de pelo míos, y con esos números ya puede hacerse uno las cábalas que importan de la vida.

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