Desayuno con sombra de ojos

Publicado por el dic 1, 2014

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        Desayunarse en la anónima compañía de un caballero de sillón que lee el artículo de fondo del periódico en un rincón y de una dama de taburete que, en lo que se le desvanece, humeante, el café con leche, se sombrea los ojos.

        Buster Keaton tiene una parodia de algo así: una dama se maquilla sentada a la mesa de un restaurante y su protesta masculina es sacar una bolsa de aseo, espumarse y afeitarse con la cortesía más natural del mundo.

        He de decir que yo, tan de mañana, prefiero mil veces este silencio manufacturero de la mujer que se maquilla (un silencio que deja oír el borrón del lapicero sombreador) a la ruidajera futbolera de los oficinistas de corbata torcida.

        Para entender situaciones como ésta escribió Baudelaire un “Elogio del maquillaje”, muy descolgado del “spleen” de sus flores del mal:

        –El maquillaje no es para esconder o evitar ser descubierto; por el contrario, es para ostentar, al menos con una especie de candor.

        Y sobre la sombra de ojos (negros, canicones) de nuestras pesquisas, en lo que parece el informe de un  auxiliar sanitario del Samur:

        –Ese marco negro vuelve la mirada más profunda y más singular, da al ojo una apariencia más decidida, de ventana abierta al infinito

        La visión te deja sin palabras para pedir las porras de la mañana, que en seguida son sustituidas por unas lenguas de gato. Y es delicioso poder fundar en la primera visión del día una teoría de la imaginación.

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