Capar los machos

Publicado por el abr 9, 2014

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blog langosta

En el escaparate de unos grandes almacenes de la madrileña Milla de Oro, sobre la ropa (a salvo por el cristal) de una gran firma de moda, una langosta, como insecto precursor de la primavera, hacía ganchillo, metáfora del latazo que Gilles Lipovetsky nos diera con “El imperio de lo efímero”.
Mas nada de lo que Lipovetsky venía a contarnos en los 90 valía lo que cuatro décadas antes había contado Marbel, nuestro Cervantes del modismo en Lista, 25.
¿Un modista puede dar elegancia, Marbel?
    –No. No puede más que vigilar la cursilería.
    –¿Para quién se viste la mujer, Marbel? ¿Para el hombre?
    –Nunca. La mujer se viste siempre para la mujer.
Y a los hombres, en realidad, les gustan las mujeres que se quitan las medias a patadas, en grosería suprema del poeta señorito Fernando Villalón, el mismo que en casa de los Miura, tras la plaza de la Encarnación, de Sevilla, ofreció la solución más ingeniosa para la plaga de langosta (una langosta en la calle de Serrano es un epigrama del campo): ni fumigación, ni zanjas más altas y anchas, ni fogueo de la tierra, ni piaras de cerdos extremeños…
En fin, Fernando –dijo don Eduardo Miura–, a ti, como eres el más nuevo, te hemos dejado para el último. A ti, ¿qué se te ocurre?
Villalón, dice su tío Manuel Halcón que con aquella cara de soplillo que Juan Ramón Jiménez describiera en los artículos que le dedicara en “El Sol”, trató de excusarse.
No, hombre, hay que opinar, como han hecho todos.
–Para mí esto sólo tiene un remedio.
    –¿Cuál?
    –Pues capar los machos.

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