Capar a los machos

Publicado por el ago 1, 2011

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Un saltamontes (saltacapas, decíamos en Burgos, más castellanamente) ha venido a posarse en mi ventana, no sé si atraído por el fogonazo fucsia de una orquídea japonesa o por el “kitsch” amarillo de un canario flauta de madera que es mi Juan Cruz.
    –¿Saltamontes en el barrio de Salamanca? ¡Ay, Jesús, que va a ser una plaga!
    Inolvidable la salida de Fernando Villalón en casa de don Eduardo Miura, tras la sevillana plaza de la Encarnación, donde se habían reunido unos veinte labradores. Se trataba de luchar contra una plaga de langosta. “Unos –refiere Manuel Halcón– que si zanjas más anchas que el salto de langosta y más hondas para impedir el vuelo desde abajo. Otros quisieran foguear la tierra. Otros traer piaras de cerdos de Extremadura. Otros fumigar…”
    –En fin, Fernando –dijo don Eduardo–, a ti, ¿qué se te ocurre?
    Y Villalón sonreía con la sonrisa de soplillo que su condiscípulo Juan Ramón Jiménez describió en sus artículos en El Sol, de Madrid, y trataba de excusarse.
    –No, hombre, hay que opinar, como han hecho todos.
    –Para mí esto sólo tiene un remedio.
    –¿Cuál?
    Todos prestaron oído a la voz de la juventud.
    –Pues capar a los machos.
    ¿Y si ese saltamontes fuera una anunciación del alma risona de Fernando Villalón?

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