Bear Grylls en Sevilla

Publicado por el Nov 22, 2012

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    Mañana bien soleada de noviembre en Sevilla, calle Asunción, bajo los naranjos, entre monjas (¿novicias? ¿abadesas?) que dan ganas de cortadillos (la golosina de Hughes, firmada por Inés Rosales): tres furgonetas municipales con sus dotaciones de guardias cortan el paso a un randa (“¡alto ahí! ¡inmovilizado! ¡tarse quieto!…”) y le requisan tres bolsas de naranjas.
    –Nunca gastes en cazar a un animal más energía de la que te proporcione como alimento –dice, con su neoliberalismo de monte pelado, Bear Grylls en su TV, que tampoco sé si es la mía.
    La requisa de tres bolsas de naranjas (¿seis, ocho kilos?) por una docena de guardias armados y motorizados es un lujo al alcance únicamente de un Estado en quiebra.
    –Arrojóme las naranjicas / y volviómelas a arrojar…
    (“Cuando Lope acude a las fiestas de Denia acompañando a la corte, refiere que la diversión principal era tirarse y devolverse naranjas los galanes y las damas desde la calle a los balcones”. José María Pemán.)

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