Árboles presos

Publicado por el feb 20, 2013

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    Las cuatro acacias que tenemos en mi acera para primaverarnos el alma han amanecido encadenadas, y me he acordado del árbol de las manitas del Indio Fernández en su jardín de Coyoacán.
    El árbol del Indio, además de dar flores que parecían manos, tenía pies en lugar de raíces, y de noche, sin que nadie lo advirtiera, se salía de la casa y se iba a rondar, perdiéndose por días y reapareciendo al alba menos pensada.
    –O se duermen o va a venir el árbol vagabundo del Indio y con sus manitas los va a estrangular –amenazaba doña Cata, una vecina, a sus hijos cuando no querían dormir.
    Las últimas cadenas amarradas con candado a un árbol las vi en el madrileño paseo del Prado, cuando Tita Cervera se encadenó a un plátano viejo que da sombra al Thyssen para que Gallardón no lo talara con la excavadora loca de Álvaro Siza.
    Las acacias de mi acera han sido aherrojadas por el obreraje municipal. Son cadenones como de ancla, con candados tremendos, y todo como para que los ladrones no se lleven las señales de aviso de “Trabajos de conservación y mantenimiento del arbolado urbano”, es decir, una poda, en respuesta botellil a una directriz benedictina, succisa virescit, “con la poda, reverdece”.
    Dios colocó al este del Edén querubines con espadas de fuego para vigilar el árbol del bien y del mal, y Botella pone hierros a las acacias de Lista para vigilar que nadie se lleve las placas de aviso de poda, dejándose ver aquí el proverbial odio castellano al árbol.
    Los árboles son las verdaderas figuras del paisaje, nos dejó dicho en su discurso de ingreso el académico Carlos Haes, inspirador de los paisajistas españoles, que dedicó su elocuente vida a devolver a los árboles la individualidad que les arrebataran los clásicos.
    En la segunda parte de “Capitalismo y esquizofrenia”, de Deleuze y Guattari, está la explicación filosófica de esta arborofobia madrileña.

 

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