Almuerzo a pies juntos

Publicado por el Nov 17, 2014

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“Tienen unos pies inmensos”, anotaron, con asco oblicuo, los chinos para registrar la impresión que les causaron los primeros holandeses que arribaron a sus costas.
“Tiene unos pies inmensos”, podría anotar yo, y con el mismo asco oblicuo de los chinos, para registrar la impresión que me ha causado, y por vía olfativa (por algo Colette considera el olfato como “el más aristocrático de los sentidos”), la clase menestral representada por el hombre del mono gris que ha cruzado sus extremidades inferiores contra mi mesa en el comedor-establo de un restaurante de menús (lenteja perdigonera y albóndiga para squash de bote muy bajo) junto al cuartel del Conde-Duque, faro de la cultura municipal, donde incautamente he parado a almorzar con el gran Hughes de la pluma de moro para hablar de unas mujeres antes de que las prohíban.
Obrero faltón y con un dejo desafiante algo Podemos (“¡es que estoy indignado!”) era el dueño de los patagónicos pinreles. Pies juntos, después de todo, como bajo ningún concepto se debe, por ejemplo, torear, al decir del genial Fernando Villalón, para quien los pies juntos era como tocar el violín sentado en el respaldo de una silla o sosteniendo un bastón en equilibrio sobre la nariz.
¡Almorzar a pies juntos!
En abriendo los ojos, veo cuanto hay que ver en las cosas –presume Goethe, “videns gloriosus” que vio cómo, durante su último año de reinado, Luis XVI dormía en el suelo, junto a su lecho real, porque, con tanto jaleo, había interiorizado que su monarquía era abominable, y acostado en las baldosas se creía más cerca del pueblo, como este patanejo, con sacar los pies a la mesa, se cree más cerca de la Revolución.
Es fácil ver los pies (incluso cristianamente lavarlos); lo difícil es “olerlos” fundidos con el rehogo de unas albóndigas.
Por no discutir (¿qué dijo Marx de sentar los pies a la mesa?), pedimos la cuenta y salimos a la calle en busca de oreo antes de recuperar nuestra conversación sobre las mujeres.
La liga en la media puede llegar a ser un pecado venial –nos dejó dicho Ruano (a quien hoy leemos entre gritos estremecedores de “¡A Ruano no, que es facha! ¡Leedme a mí, que soy el bueno!” de un académico de la Española)–. Lo que debe empezar a preocuparnos son unos pies descalzos por la hierba fresca.
Como los de la camarera helada y azteca de la terraza en “stand by” de la plaza de las Comendadoras.

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