No tengo presupuesto, tengo cuidado

Publicado por el Mar 14, 2011

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Victoria Amory

 

En el imaginario televisivo, la ciudad de Miami tiene un perfil, digamos, rebajado, achampanado, de señores en pantalón corto. Y me refiero al imaginario reciente, sin ir a Corrupción en Miami. Tenemos a Charlie Sheen con su espeluznante uniforme de miamita con calcetines en Dos hombres y medio o a Victor Sandoval (Sálvame) en su versión mitad Atracción fatal, mitad Devuélveme el rosario de mi madre. Y solo faltaba Casadas con Miami, que el domingo se estrenó en Cuatro. El programa de Producciones 52 reproduce el esquema de Casadas con Hollywood, adaptación del sueco Svenska Hollywoodfruar. Y repite con María Bravo, que es la unión entre unas tías percal y las otras.

La más destacable (y más bicho raro/fino entre las otras) es Victoria Amory (“eimorei”), hija de los condes de la Maza, socialite de Palm Beach (que es otra cosa), anfitriona,  autora de libros de cocina y columnista del Palm Beach Daily News. Una especie de Martha Stewart de buena familia. Su frase: “No tengo presupuesto, tengo cuidado”. También me gusta mucho su empleada de hogar, que mira con recelo a la nueva asistente previendo lo poco que va a durar.

 Pero la mejor empleada es Amparo, una psicóloga que trabaja para Esther, una de las dos colombianas del programa (las otras tres son españolas). Es psicóloga pero hace de chacha. Y la otra: “Aaaaamparo, la voy a ahorcar”, “Aaaamparo, dónde está el vestido tal”, “Aaaaamparo, súbame una copita de vino!” Pozí. Divorciada, Esther tiene en su perro Matías a su gran amor (“yo me muero, yo sé que lo parí en otra vida”), con el que mantiene una delirante videoconferencia. El otro amor es la moda, “el fashion” (“Soy adoradora del corte de Giambattista Valli“).  La frase: “La moda y el fashion trajeron equilibrio a mi vida porque yo era una niña muy del lado intelectual”.  Que yo no lo he visto, que el fashion debió de zamparse a Tolstoi. Buscando un vestido para la cena que Victoria Amory iba a dar a las “señoras que están haciendo el programa” (que tiene valor) gritaba: “Aaaaamparo, la voy a ahorcar. Los vestidos están hacinados”. Dijo que estaban haciendo “un makeover” a la casa (la parte spanglish es muy divertida). Pero eso no explica que tuviera todos esos carísimos vestidos en perchas de plástico. A no ser que las perchas de plástico sean una metáfora del cutrerío de lux de algunas de estas señoras.

Quedan Renata Black (“No sé dónde poner este picasso”), joven colombiana casada con un gringo que tiene aviones ambulancia y uno para ellos, por supuesto (“una vez que uno vuela en privado ya no quiere volver a volar en comercial”). A un amigo le dice: “La elegancia se lleva por dentro”. Y el amigo le responde: “A mí me gustaría estar dentro de ti”. Por ver la elegancia, vaya.

 La otra es Marta Vila, barcelonesa recién divorciada a la que su pandi lleva de paseo por los Everglades. “En Miami es costumbre sacar a las amigas para superar los divorcios”, leemos en un rótulo. Y se la llevan en una de esas planeadoras por los pantanos a beber champán rosado entre cocodrilos (y a tirar por la borda pañuelos de Oscar de la Renta: “Oscar me va a matar”).

 Y hay que hacer mención aparte a la ya conocida María Bravo, recién trasladada a Miami por su divorcio. Sobre todo en esa escena en la que Eva Longoria la maquilla y Sofia Milo (la guapérrima de CSI Miami) es la tercera amiguita de la reunión. Que me río yo de los cameos de Torrente.

 

En una escala de prescindibilidad de programas televisivos, Casadas con Miami ocuparía un lugar alto en el negociado de docudramas (o docucomedias). Ahora bien, si no exigimos excelencia tiene sus momentos y yo díra que Victoria Amory  (que podría responder al Going grey de Anne Kreamer con uno de esos rifles con los que dispara) debería tener su propio programa de anfitriona, como aquel que hizo la Preysler en Telecinco (Hoy en casa) pero mucho menos cursi. Y sin necesidad de colaboradores, bastándose ella sola. Ahora que yo preferiría un programa en el que Victora Amory conviviera con Paqui la Fandanguilla, que ha tenido la mejor frase de la semana: “Yo tuve dos relaciones sexuales con Víctor Janeiro. Diga el polígono lo que diga”. A Ubrique le pasa como a Miami. 

 

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Me gusta la tele. ¿Es grave, doctor? Bitácora de filias, fobias, entusiasmos, decepciones o cualquier otra cosa vista en la pantalla o leída por ahí. Y tengan cuidado ahí afuera. Más sobre «Enciende y Vámonos»

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