La felicidad según House

Publicado por el Mar 17, 2008

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Antes de que se estrenen las samanthas y las bettys, quería hablar algo de Private practice. O vale, de Sin cita previa (menudo título mentecato). Y como deberíamos hacer siempre, después de un buen número de episodios y no sólo con la muestra inicial. Fue ver el primer episodio (eso añadido al par de capítulos de Anatomía de Grey que sirvieron de introducción) y pensar que menudo coñazo. No siempre engancha un primer episodio (Murphy Brown, Studio 60, poco más) y mucho menos de una buena serie del montón (a ver si me explico, la tele históricamente está llena de series del montón que forman parte de nuestras vidas, y por supuesto que Anatomía de Grey también es del montón).


 El único nexo de unión entre Anatomía y Private es Addison y Shonda Rhimes, su creadora. Private se anunciaba como mucho más madura (adiós al instituto con bisturíes). Ni modo. Al empezar hasta daba risa. Las señoras siguen siendo siendo igual de neuróticas. Y los hombres, unos inconsistentes. ¿Addison? ¿La Addison que queríamos? Pues otra persona. ¿Quién eres y qué has hecho con la ginecóloga que todas querríamos tener? Ahora bien, como servidora debe de ser igual de inmadura que esos caracteres, ahora que se acaba (cosas de la huelga, como pasa con House, cuyo Frozen del martes pasado en Fox es el penúltimo) me he enganchado (no tengo remedio) a las relaciones de pareja de estos médicos de playa (es un más llevadero Dime que me quieres, pero en la mayor parte de las veces antes de que empiecen a quererse).


 En el  Oceanside Wellness (clínica New Age, pelín jipi/lujosa que no se llega a entender muy bien), aparte de Addison (mira a mí es que Tim Daly no me gusta, ¿no había otro tío?), mis favoritos son Violet (la psiquiatra interpretada por Amy  Brenneman) y Cooper (el pediatra interpretado por Paul Adelstein, ex Prison break). Los otros son Pete (Tim Daly), practicante de medicina alternativa y viudo, Naomi (Audra McDonald, aunque al principio era Merrin Dungey, la Fracie de Alias), especialista en fertilidad, mejor amiga de Addison y ex mujer de Sam (Taye Diggs). Aparte está el recepcionista Dell (surfista y aprendiz de comadrona) y Charlotte (KaDee Strickland), mandamás del hospital de referencia que mira al Oceanside Wellness y a sus médicos por encima del hombro. No voy a contar mucho más (y me gustaría que le fuera bien en Antena 3, y que también lo haga mi adorada Dirty, Sexy money) pero el episodio del zapato fue tronchante (me recordó a ese momento de Delitos y faltas cuando la hermana de Woody Allen le cuenta lo que un tipo hizo encima de ella). Tengo que confesar que ahora me apetece mucho más que llegue el próximo episodio de título cervantino  de Private Practice que el de Anatomía de grey.


 Y otra cosa. Yo estuve allí. Programa fundamentalmente simpático (mucho más si tenemos en cuenta que en La noria había un debate con Mamen Gurruchaga, Isabel Durán, Enric Sopena y María Antonia Iglesias; vale que se están marchando algunos programas del corazón pero antes deberían irse estas inmundicias, es que ni la presencia de Victoria Vera podía mitigar tanta y previsible palabrería, ¿por qué alguien puede creer que el Chiki Chiki es peor que estas tertulias de bandos?).  El Yo estuve allí es un título casi anecdótico porque los protagonistas eran los protagonistas (Lolita de su memorable boda; Alfonso Guerra de las elecciones del 82; Arantxa Sánchez Vicario de su primer Roland Garros…). Luego había un empleado del Palace para la elecciones o el secretario de Alfonso Guerra (un poco absurdo el aplauso al tío, que fue con uh, uh, uh, como si hubieran presentado a Bisbal). Y acompañando a Carolina Ferre, Javier Cansado, cuyas ironías (‘hay que ser ruin para hacer dejadas’) no eran entendidas por la corta Arantxa. Claro, que estamos hablando de una chica que al ser preguntada por el estado físico de Steffi Graff en la final del 89 y por su visita al baño, dice que estaba ‘indispuesta, problemas de mujeres’. Dios, indispuesta. Pero si eso lo decían las monjas austrolopitecas en mi colegio.


Ah, y lo de Aeropuertos, pa cagarse (encima de la hermana de Woody Allen o donde sea). No me cabe en la cabeza que la gente vaya y le cuente su vida a Juan y Medio (luego hay que aderezar la cosa con música de echarse a llorar y pensar en algo así como Diario y Medio pero en aeropuertos y por sorpresa). Imaginemos Recuerda. Cambiemos la T4 por la Estación Central de NY. Cambiemos al empleado perplejo (se besan y luego se van los dos) por Juan y Medio. Y van Ingrid Bergman y Gregory Peck y les cuentan al alto del bigote su vida. Gregory: Pues mira, yo es que tenía amnesia y cuando jugaba con un tenedor en el mantel pues me daba un jamacuco. Era  por los surcos de los esquíes y por un muerto. Es que soy tope onírico. Me he echado de novia a esta, que es loquera,  y junto a Dalí y un profesor suyo me han ayudado a recordar. Y aquí estamos besándonos porque nos ailoviamos. Nos marchamos los dos pero nos gusta besarnos. Y ademas, es el final de la película. Las cosas que contaban a Juan y Medio eran menos interesantes (aunque había tiros y homosexualidad).


Ay, como diría House, estudios realizados en mi casa demuestran que la tele por cable hace feliz.

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Me gusta la tele. ¿Es grave, doctor? Bitácora de filias, fobias, entusiasmos, decepciones o cualquier otra cosa vista en la pantalla o leída por ahí. Y tengan cuidado ahí afuera. Más sobre «Enciende y Vámonos»

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