Gran Hermano, un servicio público

Publicado por el Sep 7, 2009

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No sé si a estas alturas, unas horas después de empezar Gran Hermano, los habitantes de la Casa 11, seguirán vivos, en sus cabales o, por el contrario, habrán matado a la señora Pilar, de Ferrol. Una persona normal no puede resistir tanta dosis de zalamería pegajosa y de qué grande es la juventud, cómo me gusta la juventud, qué guapos sois todos, mira qué bombón te han puesto aquí, tú eres muy válido (al chico en silla de ruedas)… Ni siquiera la llegada estupefaciente de la neofresita Rebeca y su muñeca Rosita  (qué miedo, qué miedo) pudo mitigar el impacto de Pilar, su peinado entre Charo Baeza y Dolly Parton y su agobiante presencia.


 


 Que la desenchufen, que le den trankimazin, que hagan algo, que lo mismo somos los espectadores los que vamos como los zombies de Dead set,  la serie inglesa, y asaltamos la casa para callarla. Por lo demás, lo de siempre. Si nos quedamos con la presentación y con el papagayismo de “me considero una persona…”, todos son idiotas de reglamento, pero, luego, dentro, comprobamos que algunos hacen lo posible por no dejar de parecerlo. La tal Lis da la impresión de ser una Aída con el ego más subido.


 


Pero esta no es todavía concursante. O sí. Bueno, un lío. Hay dos casas. La Casa 11, que es la casa real (y donde está Pilar) y la Casa Espía, donde están Los Otros y  la diversión. Los de la casa bis tienen que espiar la Casa 11 desde la cruz de cámaras y adivinar quién va a ser expulsado (quien acierta pasa a la buena). Ahí tenemos a Saray, binguera tetona que es la hija de Pilar (ésta no sabe que está ahí, ni claro, que exista el ahí) y que no puede decir que su madre está concursando. También tenemos a unas recién casadas, Laura y Ángela, que tienen que ocultar que se conocen. Luego están Ángel (un profesor de pilates perrofláutico) y Lis, la aquí estoy yo porque lo valgo. A estos les han dicho que tienen que hacer que son pareja (“Nunca voy con hombres con greñas”, “¿Y esa perilla?”, se escandalizaba una tía que llevaba sombrero y corbata). Queda Hans, un bailarín que se puso en modo mariconazo (es que fue una sorpresa) en cuanto Mercedes Milá se dirigió a él. Hans sabe los secretos. También hay una trampilla y un pasadizo entre las casas.


 


En la Casa 11 la gente tiene nombres tan pintorescos como Melanie (“chico que veo, chico que tengo”), Siscu, Tatiana (rusa de Roquetas), Indhira (padre de Bombay pero criada en Málaga) o Rebecca, la border line (“tengo dos personalidades: rebequita y rebecota”). Lo del experimento sociológico es palabrería pleistocénica pero cada vez estoy más convencida del que Gran Hermano es un servicio público que retira de la circulación temporalmente algunos individuos insoportables para alivio de sus pobres allegados. Descansen en paz, que nosotros siempre podemos cambiar de canal.


 


La audiencia, bien, gracias.


 


(Dejo aquí el AntiRisto del otro día, donde tengo el cuajo de escribir Marina Saura en lugar de Mar Saura).

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Me gusta la tele. ¿Es grave, doctor? Bitácora de filias, fobias, entusiasmos, decepciones o cualquier otra cosa vista en la pantalla o leída por ahí. Y tengan cuidado ahí afuera. Más sobre «Enciende y Vámonos»

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