El ADN como espectáculo televisivo

Publicado por el Oct 24, 2013

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‘Niños robados’ es una de las mejores miniseries de los últimos años. Y el asqueroso asunto que da pie a la ficción, el mayor escándalo de la reciente historia de España (quizá lo de las Preferentes va después). Dicho esto, ¿era necesario el espectáculo de anoche en el plató de Telecinco durante el programa? ¿Era necesario que los resultados de ADN se dieran en directo? (con imágenes previas de los bastoncillos recogiendo muestras de las bocas). ¿Con Jordi González haciendo la ‘paradinha’ mientras sacaba el tarjetón del sobre? “Se puede concluir que Pilar…..”. Llega la pausa dramática y un “ay, no, ay, no” por parte de las interesadas. Y entonces ya se ve un enorme “Sí’. Es su hija biológica. Mis mayores respetos, solidaridad y empatía con Pilar (la hija) y Jaqueline (la madre). Pero tengo mis dudas de la pertinencia de esta puesta en escena televisiva. Por supuesto, Pilar y Jaqueline están encantadas, faltaría más. Solo por eso, quizá debería callarme. No sé. “Ayer ser produjo un milagro aquí en Telecinco”, ha dicho Ana Rosa Quintana esta mañana.

 

Pero es que, partiendo de una auténtica tragedia, una cosa así solo puede hacer que me acuerde de programuchos con pruebas de ADN para investigaciones menores. Que me acuerde, claro, de Alicia Senovilla. Voy a poner aquí lo que escribí hace muchos años de ‘La hora de la verdad’. A modo de divertimento.

 

 

Otro sapo para Alicia (julio 2004)

 

Me pregunto por qué Antena 3 ha decidido someter a Alicia Senovilla a una estricta dieta de sapos gordos y babosos. Su paso por las mañanas aguantando a Karmele y otros animales fue premiado con El castillo de las mentes prodigiosas, engendro que hoy me parece de culto. Lo de La hora de la verdad es para encerrar a alguien en la sala de aislamiento que tienen en el programa. Pobre Alicia. Cuando más me gusta es cuando ríe (cuando se parte de risa), pero con semejante sapo no tiene ni una oportunidad. El invento no alcanza la gravedad tenebrista de Confesiones ni la espectacularidad tendenciosa de La máquina de la verdad. Aun así, no hace ni pizca de gracia. Y, paradójicamente, el hecho de que no sea en directo tampoco ayuda a la agilidad. A medio camino entre El diario de Patricia y el espacio de Julián Lago, La hora de la verdad produce vergüenza ajena. Polígrafos, programas que analizan la voz, análisis de ADN… Un muestrario de avances técnicos dignos de CSI Vallecas al servicio de unos mendrugos sin pudor que acuden a la tele a mostrarse cómo son, a conocer la verdad de sus miserables vidas.

 

Primer caso. Una chica quiere saber quién es el padre de su hija (su ex marido y su ex suegra asisten a la investigación). Cuando le dicen que el padre no es el ex marido sino un ex novio (con publicidad del laboratorio), ella estalla en lágrimas de alegría; él sólo se ríe. Y luego, durante la publicidad, la tía dice que es la engañada y que va a llevar al padre al juzgado. Debe de ser el primer caso en la historia en que la madre se considera engañada por un asunto de paternidades dudosas.  Segundo caso. Un joven quiere demostrar a su familia, que lo cree “maricón” (con razón), su heterosexualidad. El polígrafo le sale rana y dice que ha mentido al afirmar que no había tenido fantasías con hombres y cuando sostuvo no haber mantenido relaciones sexuales con maromos. Tercer caso. Jessica, una chica con corbata en el corpiño, quiere saber si su padre es Vicente o un primo de éste. Allí están el tal Vicente y la madre, que se somete al programa que analiza la voz (y que demuestra que efectivamente Vicente es el padre). La madre, que es una mezcla entre Encarni de Hotel Glam y La dulce Neus, cuenta que  el tipo le pegaba y la violaba con la ayuda de un cuchillo. Aquí la máquina le da la razón. Entonces Alicia pregunta al marido si la maltrataba. «Sólo le he dado dos o tres guantazos porque se los ha merecido. Eso no es maltrato». Abucheos del público y bronca de la presentadora. Y como el artefacto de la voz parece insuficiente, les dan un volante para hacerse una prueba de ADN. Se han ganado una nueva participación en este estupefaciente y maravillosos programa.

 

Lo mejor, la despedida de la Senovilla: «Sepan que aquí el que duda y no busca la verdad será infeliz toda su vida». Mucha cara de gozo tampoco es que tuvieran los pollos que salían de allí. La mía era colorada. El programa fue líder en el late night. Para que vean que la ausencia de Crónicas Marcianas (los refritos no cuentan) causa estragos.

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Me gusta la tele. ¿Es grave, doctor? Bitácora de filias, fobias, entusiasmos, decepciones o cualquier otra cosa vista en la pantalla o leída por ahí. Y tengan cuidado ahí afuera. Más sobre «Enciende y Vámonos»

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