La calidad del empleo en España

Publicado por el 08/02/2017

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Por José Villaverde Castro – Catedrático de Fundamentos del Análisis Económico. Universidad de Cantabria

 

En los últimos días los medios se han hecho eco de una noticia interesante, cual es que, en los tres últimos años y de acuerdo con el INE, la economía española ha creado aproximadamente un millón y medio de empleos. La noticia, sin lugar a dudas, es muy positiva y pone de relieve que la recuperación de la actividad económica está registrando efectos benéficos sobre el mercado de trabajo: se ha pasado de destruir empleo a crearlo, y se ha pasado de aumentos continuados en las cifras del paro a caídas (no significativas todavía, pero caídas al fin y al cabo) de las mismas.

 

Aunque esto pueda ser motivo de satisfacción para nuestros gobernantes, hay dos cuestiones que, desde mi punto de vista, ensombrecen bastante el panorama. Una de ellas es que, pese a todo, el número de ocupados sigue siendo hoy, casi diez años después del estallido de la crisis, sensiblemente inferior al que teníamos en aquel momento; sucede, en efecto, que en la actualidad contamos con aproximadamente dos millones menos de empleos que en 2007, lo que indica que, al ritmo actual, tardaríamos por lo menos otros cuatro años en lograr retornar a la situación de partida. La segunda cuestión está relacionada con la calidad del empleo creado, dado que si la cantidad es importante, la calidad no lo es menos.

 

El problema es que debatir sobre la calidad del empleo no es siempre fácil y que, por lo tanto, se presta a diferentes y hasta opuestas interpretaciones. En sus intentos por hacer más objetivo el debate acerca de este punto, la OCDE, el club de naciones ricas del mundo, ha propuesto un marco de referencia que toma en consideración tres componentes: uno de ellos evalúa los ingresos percibidos por los trabajadores; otro presta atención a lo que podríamos denominar “seguridad en el empleo”; el tercero, por último, se refiere al entorno (ambiente) en el que se desarrolla el trabajo.

 

En relación con el primer componente, se tienen en cuenta no sólo los ingresos medios, expresados en paridades de poder de compra (esto es, ajustados por su capacidad adquisitiva), sino también el grado de desigualdad que existe en su distribución. En cuanto al segundo componente, el mismo trata de capturar los riesgos de pérdida de empleo y los costes económicos que ésta supone para los trabajadores; los indicadores utilizados para medir estos riesgos son, por un lado, la tasa de paro y, por otro, el seguro de desempleo. El tercer componente, que trata de capturar aspectos no económicos del empleo, es, por su propia naturaleza, el más complejo de todos y, en consecuencia, el menos objetivo o más fácil de ser cuestionado; en su cómputo se toman consideración aspectos tales como la exigencias que se hacen a los ocupados en su puesto de trabajo, así como los recursos que se ponen a su disposición para que puedan cumplir con las mismas; como es lógico, la calidad del ambiente laboral es tanto peor cuanto mayor es el nivel de exigencia y menor el de los recursos.

 

Pues bien, con los últimos datos disponibles y lamentablemente para nosotros, la economía española no obtiene buena calificación en ninguno de los mencionados tres componentes de la calidad del empleo. En el primero –el relativo a los ingresos- nos situamos un poco por debajo de la media, es decir, estamos un poco peor. En todo caso, si nos comparamos con países a los que deberíamos tomar como ejemplo a seguir, las diferencias son enormes. Más en concreto, Bélgica, Alemania, Dinamarca, Noruega, Suiza, Luxemburgo y Holanda cuentan con ingresos medios por trabajador (ajustados como se mencionó previamente) que son entre un 30 y un 40% superiores a los de España; además, ningún país de la conocida originalmente como EU15, salvo Grecia y Portugal, está peor que nosotros.

 

En todo caso, donde la situación es verdaderamente lamentable es en relación con los otros dos componentes. En materia de inseguridad en el empleo, no sólo somos, después de Grecia (pero no a gran distancia), el país con el peor registro de toda la OCDE, sino que los siguientes en el ranking (Italia y Portugal) anotan un índice que es menos de la mitad que el nuestro. Algo parecido ocurre en lo que atañe al tercer componente, el relativo al ambiente laboral; en este caso, sólo Turquía y Grecia están peor que nosotros, aunque países como Corea y Japón están muy próximos.

 

Desde mi punto de vista, la conclusión es obvia: aunque debemos estar satisfechos por la creación de empleo, debemos estar profundamente insatisfechos con su calidad. En consecuencia, urge mejorar, y sobre todo, en materia de seguridad y de presión o tensión en el puesto de trabajo.

 

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