Recuperación mediocre

Publicado por el 10/02/2016

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Por José Villaverde Castro.Catedrático de Fundamentos del Análisis Económico. Universidad de Cantabria

 

Tras la Gran Recesión de finales de la década pasada/principios de la actual, es obvio que la economía mundial ha entrado en una fase de recuperación; ésta, sin embargo, es tan exasperantemente lenta que, a todos los efectos y con palabras del FMI, podría calificarse de mediocre. Las esperanzas que existieron en algún momento de que el tirón de los países emergentes pudiera ayudar a solventar el problema parecen, ahora, totalmente desvanecidas. Brasil ha entrado en recesión, China está creciendo desequilibradamente y por debajo de lo que se considera necesario  (y las bolsas lo notan), y Rusia se encuentra muy afectada por los bajos precios de las materias primas.

 

Globalmente considerado, una gran mayoría de expertos, entre los que se encuentran algunos tan insignes como Stiglitz y Krugman, estima que el mundo padece lo que los economistas calificamos como deficiencia de demanda agregada. Si este diagnóstico es correcto –y, sinceramente, creemos que no hay ninguna duda de ello-, la solución pasa inevitablemente por un fortalecimiento de la demanda. La cuestión es cómo conseguirlo.

 

En este sentido coincidimos con las voces que reclaman un mayor activismo de los gobiernos. El planteamiento es sencillo y, desde nuestro punto de vista, acertado: si el sector privado se muestra incapaz de sacarnos del atolladero (en buena medida es el culpable de que estemos donde estamos), parece evidente que debería ser el sector público el que tomara las riendas y actuara en consecuencia.

 

La principal palanca con la que cuentan los gobiernos a la hora de influir sobre la demanda agregada es la fiscal; y esta palanca, usada correctamente, podría dar un impulso importante a la mencionada demanda. Tal y como apunta Stiglitz, lo que se necesita en este sentido es llevar a cabo políticas de redistribución de la renta y expansión del gasto productivo (inversión).

 

Una de las causas de la deficiente demanda agregada es que la Gran Recesión ha aumentado mucho el grado de desigualdad: los ricos son cada vez más ricos, los pobres son cada vez más pobres y numerosos, y la clase media ha disminuido considerablemente. Dado que cuanto menor es tu renta mayor es tu propensión a consumir, el hecho de que la renta se haya redistribuido en favor de los ricos –que por cada euro de renta o riqueza consumen menos que los pobres- ha dado lugar a una caída de la demanda. Aunque revertir esta situación no es nada fácil, es obvio que políticas fiscales redistributivas (primacía de impuestos directos sobre indirectos, tipos impositivos elevados para las grandes rentas y fortunas, tratamiento adecuado de los beneficios del capital) podrían ayudar a acrecentar la demanda agregada.

 

El gran culpable, sin embargo, de que la demanda agregada sea insuficiente es el comportamiento restrictivo del sector público; las políticas de austeridad implementadas en buena parte del mundo desarrollado han sido enormemente dañinas, tal y como ha puesto de relieve el FMI en algunos de sus informes. Por eso sigue llamando la atención que algunos países europeos continúen por esa senda, aun cuando, hay que reconocerlo, de forma más mesurada que en el pasado reciente.

 

Urge, en todo caso, escapar del “fetichismo del déficit” y llevar a cabo políticas fiscales expansivas. Hay países, como Estados Unidos y Alemania, que tienen margen para ello, en particular porque pueden pedir prestado a tipos de interés negativos; esta circunstancia empieza a darse también (aunque en mucha menor medida) en países como España. Es más, incluso donde esto no se produce sería posible incrementar el gasto público mediante un aumento paralelo de los impuestos. Como es bien sabido, el multiplicador del presupuesto equilibrado es igual a la unidad, lo que significa que si gastos e ingresos públicos aumentan en la misma magnitud (con lo que el déficit no varía), la renta nacional aumenta en idéntica cantidad.

 

Es cierto que hay quien afirma que los proyectos de inversión existentes son poco rentables y que, en consecuencia, no merece la pena abordarlos. Creemos que este argumento no sólo se cae por su propio peso en los casos mencionados (endeudamiento a tipos negativos y caso de presupuesto equilibrado) sino que, además, nos parece insostenible cuando hay tanta necesidad de invertir (en todo el  mundo y, por lo que nos atañe más directamente, en España) en ámbitos tales como las infraestructuras, la educación, la sanidad, la tecnología, el medio ambiente, etc., etc.

 

 

La ideología política de algunos gobiernos europeos (entre ellos el nuestro) está en contra de este tipo de actuaciones. De continuar así, es más que probable que la recuperación económica siga siendo demasiado lenta y muy desigual. Esperemos, por la cuenta que nos trae, un cambio de tendencia.

 

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