Sobre la evolución de la institución de la transferencia tecnológica

Publicado por el 29/10/2014

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Por: Xabier Alberdi Pons, Deusto Business School

La transferencia tecnológica puede ser definida como el conjunto de procesos conducentes a la incorporación de conocimientos técnicos y tecnológicos que aportan valor a productos, servicios y procesos en el sector empresarial; y que han sido previamente desarrollados en el seno de universidades, centros tecnológicos o, en general, en organizaciones destinadas a la investigación y creación de conocimiento. Dichos procesos se enmarcarían en un esquema “lineal” de la innovación que comprende la inversión en ciencia básica y aplicada como input para el posterior desarrollo de innovaciones, a lo largo de una “cadena” en la que cada eslabón se acerca más a la comercialización. En ocasiones, el sector privado evita la realización de inversiones cuyos retornos son difíciles de justificar a corto y medio plazo, debido a su alto grado de incertidumbre, su dificultad, o la falta de apropiabilidad de sus resultados. En este contexto, el sector público invierte con relativa frecuencia bajo un esquema conocido: cuanto más lejos del mercado se encuentra la inversión, más legítima se estima su intervención. A priori, el conocimiento que se desprende de ésta inversión es considerado un bien público del que el sector empresarial puede beneficiarse tras un proceso de absorción “libre de dificultades”. En realidad, la experiencia demuestra que la intervención pública genera una “discontinuidad” o “fallo de mercado” entre el conocimiento generado por el sector investigador, y el explotable por parte del empresarial. A grandes rasgos, el concepto de transferencia tecnológica se justifica en la necesidad de “intermediar” en la superación de esa “discontinuidad”, con el fin de facilitar la llegada al mercado de los resultados de la investigación.

Cabe destacar que el modelo -neoclásico- de intervención pública en la generación de conocimiento se sustenta sobre fundamentos que sólo explican parcialmente la incertidumbre y la complejidad actuales. En general, sobrestima la capacidad del sector empresarial para absorber conocimiento y hacer uso comercial de las invenciones producidas. Consciente de ello, el sector público sigue haciendo uso de recursos para “reducir” la distancia existente entre universidades, centros tecnológicos (…) y empresas a través de ayudas y subvenciones destinadas a favorecer la colaboración entre ambos extremos de la “cadena”. Es importante destacar que la adicionalidad de este tipo de intervención se justifica en determinadas ocasiones puntuales. Sin embargo, la generalización de este tipo de medidas genera nuevos problemas como el sesgo de las ayudas hacia perfiles/sectores empresariales concretos, el “clientelismo” de ciertas empresas hacia este tipo de dinámicas institucionales, o la inflación de los precios del mercado tecnológico; entre otras. Hay que destacar que un número importante de empresas quedan excluidas. Por ejemplo, el coste en el que pymes y micropymes han de incurrir para acceder a este tipo de “ayudas” (estudio y cumplimentación de formularios, cumplimiento de requisitos, exigencias y justificaciones varias, etc.) supera el bien que se desprende de ser beneficiario de las mismas; generando descrédito y confusión en parte del sector privado.

Si de lo que se trata es de impulsar la asimilación de conocimiento por parte del sector empresarial, en realidad, es importante contextualizar esta problemática junto a un elenco más amplio de dificultades. La falta de tamaño, la falta de cultura colaborativa, la falta de capacidades y habilidades de directivos/as, la falta de capacidad de absorción de conocimiento, la falta de conocimiento de idiomas, la falta de experiencia internacional, la falta de financiación disponible, la baja sofisticación de su demanda típica (…), son sólo algunas de ellas. Por consiguiente, la anunciada “discontinuidad” en el proceso de transferencia, además de evidenciar el desfase tecnológico del sector empresarial, puede poner de manifiesto la existencia de éstas y otras dificultades que impiden su evolución; y viceversa.

Como contrapunto a la neoclásica, la perspectiva -evolutiva- de “Sistemas de Innovación”, permite una comprensión más completa de las dificultades introducidas. En general, la visión sistémica permite una aproximación holística que ubica los problemas de la empresa privada en el foco de la actividad desarrollada por múltiples organizaciones e instituciones, públicas y privadas, que constituyen dicho sistema; y no en un extremo de la “cadena” de innovación. Así, el nuevo esquema permite formas de análisis e intervención más adecuadas y es, hoy por hoy, el marco conceptual asumido por académicos y políticos de regiones europeas avanzadas, para el diseño, implementación y evaluación de políticas científicas, tecnológicas, educativas o industriales.

En este contexto: ¿Cuál puede ser la contribución del paradigma evolutivo en la institución de la transferencia de tecnología?

El modelo tradicional de impulso a la transferencia de tecnología al ámbito empresarial se ha venido produciendo en contextos en los que los oferentes han tratado de “cosificar” sus avances para adornar “escaparates” con paquetes tecnológicos. El esquema responde a la lógica de oferta y demanda que comprende el concepto de transferencia como una transacción puntual. Para que dicha transacción pueda producirse, centros tecnológicos y universidades promocionan un perfil “comercial-técnico” que ha de incentivar la demanda mientras es además capaz de responder con rapidez y credibilidad a las dudas que puedan darse durante el -breve- proceso de transacción. Por ello, la figura que representa la institución tecnológica debe ser experta en producto y proceso. Sin embargo, el modelo presenta -al menos- dos dificultades. Primero, la tecnología puede estar lista para ser producida, pero no comercializada. La empresa conoce bien su mercado y requiere de tiempo para evaluar el impacto que la introducción de la misma podría ocasionar en su demanda. Segundo, como he introducido, la empresa ha de adaptar la totalidad de sus recursos y esquemas a la nueva tecnología; y ésta adaptación no es automática. Lo anterior justifica que universidades y centros tecnológicos hayan venido desarrollando un número mayoritario de acuerdos con empresas de cierto tamaño, que cuentan con diversos recursos que facilitan el proceso. Sin embargo, la pyme y micropyme, mayoritarias en nuestro territorio, quedan habitualmente excluidas. Lo anterior se justifica en el discurso habitual de denuncia a la falta de adaptación de los centros tecnológicos a las necesidades de las industrias locales; y la habitual constestación de los oferentes en reclamación de una mayor atención, compromiso y voluntad de asunción de riesgos por parte del sector empresarial.

Estos problemas ponen de manifiesto algunas limitaciones importantes imbricadas en el pensamiento neoclásico. Los esquemas de venta tradicional no son habitualmente válidos para la pyme. Por tanto, se viene produciendo un cambio hacia el desarrollo de relaciones a medio y largo plazo que permitan la superación de las dificultades anteriores. Si bien la credibilidad es fundamental para el impulso de estas relaciones, la confianza y el compromiso pasan a ser vitales. Por supuesto, la oferta comercial ha de contar con “perfiles expertos” que otorguen credibilidad al producto de la investigación. Sin embargo, dicha credibilidad será cada vez más insuficiente si no se colabora con personas de perfil “gestor”, capaces de ganarse la confianza de directivos pertenecientes a distintos ámbitos públicos y privados para el impulso de proyectos. El directivo de empresa ha de socializar sus limitaciones. Por ello, el “comercial técnico” ha de ser formado para desempeñar funciones complementarias o se alejará -aún más- de la perspectiva y necesidades de la pyme. La “transferencia” es hoy menos transferencia y más “compartición” y “cogeneración” en un esquema en el que los proveedores han de convertirse en ágiles promotores de oportunidades, sensibles a los cambios socio-económicos y a las necesidades empresariales e institucionales del territorio al que pertenecen. Por tanto, la empresa no incorpora el conocimiento generado por terceras partes, sino que es parte activa en su generación, desarrollo y evaluación constantes.

Así, experiencias avanzadas demuestran que la transferencia se produce hoy en el centro de un sistema complejo y que entraña el impulso y la gestión de múltiples relaciones y tipos de conocimiento complementarios que contribuyen a la superación de las dificultades descritas. La generación de “espacios colaborativos de aprendizaje” –o plataformas- puede ser un escenario deseable para contribuir al avance. Estas plataformas pueden reunir un número importante de personas que comparten ideas y recursos para superar el conjunto de problemas que imposibilitan el desarrollo de las organizaciones que representan, más allá de la visión –reduccionista- y puramente tecnológica de la “cadena” de innovación. Por ello, la promoción de plataformas -y la gestión de sus redes- puede contribuir a la superación de las limitaciones de nuestras industrias.

La propia institución de la transferencia tecnológica requiere del rediseño de los procesos que entraña su propio ejercicio. El impulso y la gestión de redes requieren de especialistas y líderes que colaboren con expertos y filósofos en tecnologías, estrategia y mercados, pero sobre todo, sean análogamente capaces de presentar oportunidades generadas en el propio proceso de internacionalización y aprendizaje de universidades, centros tecnológicos, etc. Por tanto, el “comercial-técnico”, “intermediario” experto en su cadena de valor, evoluciona hacia un perfil “facilitador”, líder relacional, experto en Sistemas de Innovación y en la dinamización de este tipo de procesos multiagente. Más allá del discurso habitual que reclama una mayor colaboración entre universidades, centros tecnológicos (…) y empresas, es importante identificar quién tiene que colaborar con quién y con qué fines y plazos; y contar con los recursos y el liderazgo para encaminar proyectos… para mediar entre distintos intereses. Bajo el nuevo esquema, la intervención de lo público puede contribuir a superar la miopía neoclásica imbricada en conceptos como “óptimo” “input-output” “equilibrio” o “asignación de recursos”; para mejorar las condiciones generales y el funcionamiento del Sistema de Innovación en atención a las necesidades particulares del territorio. Más allá, la transferencia tecnológica deja de ser concebida como un fin en si mismo sino que se concibe dentro de un esquema más amplio. No sólo se trata de transferir tecnología sino, más bien, de cómo la tecnología puede contribuir al progreso y adaptación de las empresas y el bienestar de la sociedad, superando los problemas estructurales a los que nos enfrentamos, como el envejecimiento de la población, la denominada “fuga de cerebros”, el cambio climático, etc…

Las inercias institucionales cambian desde dentro; desde las organizaciones en las que se encuentran representadas. La institución cambia si, y sólo si, las personas que ostentan cargos centrales en la misma impulsan proyectos encaminados a su transformación. Si ellas representan el cambio en sí mismas. Si esas personas han sido capaces de identificar y buscar los mecanismos para dar solución a los problemas que limitan el aprendizaje de las partes implicadas. Si comparten su centralidad con nuevas generaciones de equipos que simbolicen los valores de una economía moderna, colaborativa, solidaria y sensible. A este respecto, el mayor reto al que nos enfrentamos es el cambio de la cultura institucional en el modelo de transferencia tecnológica, practicable a través de la incorporación de perfiles representantes del paradigma evolutivo en el centro de las organizaciones intermediarias.

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