Las explosiones de ira popular

Publicado por el Apr 30, 2018

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Aunque venimos de tiempos mucho peores, es ahora, momento en el que las cosas van mejor, cuando una parte del pueblo parece estar más soliviantada. Quedan atrás los años del irresponsable despilfarro que agravaron nuestra crisis, la cual, si bien tuvo sus causas y su origen en los Estados Unidos de Norteamérica, nos cogió con un endeudamiento generalizado de la banca y de las economías familiares que ha retardado superarla.

A lo largo de la última década este fenómeno económico tuvo, como no podía ser de otro modo, importantes efectos políticos. La parte del pueblo que fue más duramente golpeada por la crisis comprobó que de unos años en los que arañaban algo del festín de la abundancia pasaron a otros en los que los distintos miembros de la unidad familiar que hasta entonces reunían varios sueldos iban perdiendo su trabajo de manera sucesiva. Lo cual hizo que desembocaran en el tenebroso panorama de no tener con qué pagar las deudas asumidas en los tiempos de bonanza. De ahí a la pobreza apenas había una línea delgada que cada vez traspasaban más personas.

El efecto político inmediato que tuvo esta situación económica fue la aparición de los políticos populistas que si bien se ponían sentimentalmente del lado de los que sufrían, por su falta de preparación y su innata inclinación a la demagogia y para llevarse tras de sí al pueblo afligido -como si fueran flautistas de Hamelin-, denunciaban la situación, pero prometían lo que no podían cumplir.

Lo cierto es que, tras unos brillantes resultados electorales, los “encauzadores” del indicado dolor popular, abandonaron las tiendas de campaña de las plazas y llevaron su modo de hacer política a las instituciones con una estética desarrapada, un verborrea infantil y un incultura despampanante.

Pero las cosas no se han quedado ahí. De la denuncia de la crisis y del voto a los flautistas, se ha pasado a una nueva situación en la que una parte del pueblo ha decidido tomar las calles para manifestar airadamente las causas de su descontento. Los iracundos, haciendo uso legítimo del derecho de manifestación, están haciendo visibles las razones de su cólera. Y corresponde a sus legítimos representantes, los políticos, encauzar debidamente estas explosiones de enojo.

Pero así como el pueblo tiene derecho a pedir, el político, dada la imposibilidad o inconveniencia de satisfacer todas sus demandas, tiene el deber de priorizarlas y atender las que, siendo justas, sean a la vez posibles y razonables. Sé que no es fácil resistirse a la presión del pueblo encolerizado, pero el ejercicio de responsabilidad que implica el buen hacer en política debe llevar a negar lo que no se puede dar sin poner en riesgo los intereses de la generalidad.

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