Yo tampoco perdono a los obispos vascos por su actitud con ETA

Publicado por el Apr 22, 2018

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Como seguramente sabrán, aprovechando el comunicado de ETA en el que lamentaba el daño causado y pedía perdón a una parte exigua de las víctimas, los obispos del País Vasco, Navarra y Pamplona pidieron públicamente perdón por “las complicidades, ambigüedades y omisiones” que tuvieron con ETA y sus ramificaciones durante 60 años de “historia de muerte y sufrimiento”.

Tras hacerse pública esta petición de perdón, Borja Sémper, portavoz del PP en el Parlamento Vasco, en el Canal 24 horas de TVE les negó públicamente su perdón, afirmando que “han sido muchos años de mirar para otro lado, de condescendencia, de intentar buscar un equilibrio entre víctimas y victimarios”.

Aunque mi perdón es absolutamente irrelevante, yo tampoco se lo doy. Y ello porque la jerarquía eclesiástica vasca, no solo no podía ocupar una posición neutral ante el terror y el “cordón sanitario” al que sometía ETA y una buena parte del pueblo vasco a las víctimas (magistralmente relatado por Fernando Aramburu en “Los peces de la amargura” y más extensamente en “Patria”), sino que tenían una especial obligación de ponerse al lado de los perseguidos, ampararlos, y sufrir con ellos.

Ahora es muy fácil. Una vez que ETA dejó definitivamente la lucha armada, que ha hecho algunas pantomimas de entrega de armas, ha lamentado el daño causado y está a punto de disolverse –es decir, cuando ETA ya ha sido vencida por el Estado de Derecho y ya no mata- es momento de pedir perdón (¿sincero?) por haber omitido su deber de socorrer a la parte más débil y a la que sufría los embates de la sinrazón etarra con sus vidas (ninguna de un miembro de la jerarquía eclesiástica) y con el rechazo social de esa parte cobarde del pueblo vasco.

¿Es que los llamados pastores de la iglesia no veían lo que estaba sucediendo en aquella parte podrida de la sociedad vasca? Es difícil admitirlo porque, como reconocen ahora, mostraron “complicidades, ambigüedades y omisiones” con los asesinos y sus adláteres. Y si entonces eran conscientes de lo que sucedía ¿no exigía el ejemplo de vida que les dio Jesucristo ponerse inmediata e incondicionalmente del lado de los inocentes que sufrían el terror de unos despreciables asesinos porque en una ensoñación enloquecida los consideraban parte de un Estado represor?

Se puede comprender que la ciudadanía tenga miedo y que el temor a perder la propia vida los hubiese privado del valor necesario para hacer frente a esa banda de asesinos. Pero –y lamento ser muy duro- no puedo disculpar en absoluto a unos pastores, representantes de Cristo en la Tierra, que antepusieran algo tan banal, como es el independentismo mal entendido de un territorio, al sufrimiento brutal e injustificado que padecía una parte de su rebaño. Por eso, aunque insisto en que mi perdón carece de relieve porque yo no vivía allí ni sufrí aquella barbarie, no solo no se lo otorgo, sino que alzo mi pluma para reprocharles su impropia, indisculpable y acomodaticia conducta.

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