Un regenerador con manos sucias

Publicado por el Apr 12, 2018

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A pesar de que la realidad podría inducir a pensar lo contrario, creo que todavía existirán personas que tienen una visión idealista de la política entendiéndola como vocación de servicio a los demás para cuidar con honradez y satisfacer con eficiencia los intereses generales de la ciudadanía. Desde esta visión idílica de la política, tendría sentido exigir que únicamente pudieran dedicarse a esta actividad aquéllos que tuvieran las manos limpias.

Pero sabemos por experiencia que casi todo lo que toca el hombre lo ensucia. Es verdad que hay algunos seres humanos que rozan la perfección y que han alcanzado tal grado de humildad que han convertido la dedicación a los más menesterosos, a los que denominamos sin piedad alguna “escoria humana”, en el centro de sus vidas. Pero estos seres ejemplares, que tienen realmente las manos limpias, no están en política, sino entregados a lo que tiene que ver con el alma.

Aun así creo que podría pedirse cierta coherencia. Como uno conoce mejor que nadie su propia vida y sabe lo que realmente ha hecho supone un despropósito tener las manos llenas de mugre y criticar a otro por no tenerlas limpias.

No creo que haya que buscar con una lámpara un hombre honesto, como hacía el cínico de Diógenes de Sínope. Estoy seguro de que los hay y bastantes, así como de que también habrá unos más que honrados que otros. Pero ¿no parece un dislate político que alguien que ha mantenido a sabiendas durante ocho años un palmario error –a favor suyo, no en su contra, por supuesto- en su currículum se atreva a encabezar una moción de censura contra otra política que está acusada de tener las manos sucias?

Poco importa que otros políticos disculpen su error o incluso que crean que, al contrario que la censurada, ha dado suficientes explicaciones. Como escribí en mi novela “El Campo de Bucéfalo” en el campo del poder no crece la flor de la amistad sino la del interés. Por eso, por mucho que se valoren de manera muy distinta los errores intencionados de las menciones curriculares, lo cierto es que podrán engañar a los demás pero no a ellos mismos: todos sabemos si tenemos las manos más o menos limpias o las tenemos más o menos sucias.

Pero el que consintió durante ocho años un curriculum engañoso debería tener la prudencia, por no decir la decencia, de taparse, en lugar de encabezar la procesión de los regeneradores.

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