Dos ataques sigilosos y alevosos contra la libertad

Publicado por el Mar 18, 2018

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A primera vista, la situación de la vida política española de nuestros días no se muestra como excesivamente preocupante. Hay, sí, acontecimientos puntuales que acaparan la atención de los medios, como la salida masiva a la calle de los pensionistas, algunos asesinatos especialmente repugnantes que sacuden las entrañas de la gente, como el del niño Gabriel Cruz, y –estrechamente conectado con este último hecho- el debate parlamentario –no tanto ciudadano- sobre la supresión de la prisión permanente revisable.

Pero, bien miradas las cosas, hechos como esos siempre han estado ahí, aunque se les diera menos trascendencia política que ahora. Con esto quiero decir, que las pensiones siempre tuvieron una cuantía más o menos similar a las de hoy, y el encarecimiento de la vida no ha sido tan fuerte en el último año como para que ahora no se pueda llegar a fin de mes con lo mismo que se percibía antes. Desapariciones de menores y asesinatos escabrosos también los hubo y por desgracia los seguirá habiendo en el futuro. Y debates parlamentarios sobre temas que interesan más a los partidos que a la ciudadanía de a pie, como por ejemplo, la llamada “Ley mordaza”, seguirán ocupando a nuestra mediocre clase política, la cual, por la composición actual del arco parlamentario, está enfrascada en guerras de desgaste del partido en el poder, en lugar de en cuestiones que mejoren la vida de los ciudadanos.

Pero éste es el panorama aparente. Por debajo de la superficie político-social se están produciendo fenómenos preocupantes que lo son no solo por su propia envergadura, sino porque avanzan sigilosa y alevosamente para que no reparemos en los nefastos efectos que pueden producir sobre preciado bien de la libertad. Me referiré a dos.

Al primero de ellos se ha referido con su habitual brillantez y valentía Darío Villanueva, Director de la Real Academia de la Lengua Española. En el acto de graduación del Master en Gobernanza y Derechos Humanos de la Universidad Autónoma de Madrid. El profesor Villanueva afirmó sin ambages que la corrección política es una nueva forma de censura. “Una censura perversa, para la que no estábamos preparados, pues no la ejerce el Estado, el Gobierno, el Partido o la Iglesia, sino fragmentos difusos de lo que denominamos sociedad civil”.

El director de la RAE añadió que “vivimos en la cultura de la queja”, que infantiliza las emociones y no permite enfrentarse a al crudeza de al realidad, lo cual se realiza a través del lenguaje de lo políticamente correcto. Y puso un ejemplo que habla por sí solo: en una autopsia el forense describía al fallecido como “persona no viva de tamaño no estándar”, para evitar el uso de palabras duras como “cadáver” y “gordo o grueso”.

Al otro fenómeno ha aludido Antonio Burgos en su “Recuadro” de hoy, que titula “La Progre Inquisición”. Afirma este brillante escritor que ha vuelto la censura, la peor de todas, “la que ejerce la Progre Inquisición de la mentira convertida en postverdad”. Antonio Burgos se refiere al Decálogo feminista impuesto por Comisiones Obreras en la Complutense, en el que tachan de autores machistas a novelistas de la talla de Pérez Reverte, Javier Marías o a poetas como Pablo Neruda. ¡Todo un despropósito!

Por suerte, nuestra sociedad ha tenido tiempo de crecer democráticamente y hoy es una sociedad lo suficientemente adulta para que los enemigos de la libertad logren sus torcidos propósitos de restringirla, ya sea infantilizándola a través de un lenguaje lleno de eufemismos, ya sea dando a la hoguera libros por un supuesto e imaginado machismo de sus autores.

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