Los populistas actúan en política con base en “juicios de creencia”

Publicado por el Mar 15, 2018

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Antonio Machado pone en boca de Juan de Mairena que el hombre expresa su incurable aspiración a la objetividad a través de tres juicios: el juicio de “creencia” (Dios es justo), el juicio de “experiencia” (el hombre es mortal) y el juicio de “razón” (dos y dos son cuatro). Pues bien, basta un examen detenido sobre el modo en que ejercitan su actividad política para advertir que los populistas lo hacen sobre la base de “juicios de creencia”.

En efecto, es sabido por todos que los líderes y dirigentes populistas encuadrados primero en movimientos populares y ahora en partidos de la órbita de Unidos Podemos y formaciones afines, no llevan mucho tiempo dedicados al ejercicio de la política a nivel nacional. Dada su relativamente reciente incorporación a la vida política nacional, no se puede decir que los populistas hayan llevado a cabo una práctica prolongada en la política como para haber obtenido el conocimiento y la habilidad necesarios para desempeñar bien dicha actividad o, dicho más sintéticamente, no actúan políticamente a través de los juicios de experiencia

Pero tampoco suelen utilizar los “juicios de razón”. Pongo un ejemplo para que se me entienda. El actual equipo municipal de Madrid está reduciendo severamente el tráfico en la Gran Vía y su regidora lo justica diciendo que “Madrid debe ser para los ciudadanos, no para los coches”. En la ciudad de Madrid, viven algo más de tres millones de personas, que ascienden casi a seis millones y medio si tomamos como referencia la Comunidad Autónoma, y hoy habrá sobre cuatro millones de vehículos. Decir, por tanto, que Madrid debe ser para los ciudadanos y no para los coches no es un juicio de razón porque no hay vehículos que circulen sin personas que los conduzcan. Restringir, por tanto, el tráfico no afecta solo a los vehículos que se desplazan por esa céntrica vía, sino a todos los conductores que por una u otra razón tenían que conducirlos para transitarla. ¿Es razonable pensar que una ciudad sea para las personas y no para los vehículos cuando éstos van necesariamente ocupados por personas?  ¿Es tan difícil de entender que la gran mayoría de los habitantes de Madrid somos a la vez conductores y peatones, que unas veces vamos en coche y otras a pie,  y que lo que trata de beneficiarnos en esta última condición nos puede perjudicar en la primera?

Si no pueden actuar sobre la base de la experiencia, ni tampoco suelen hacerlo a través de la razón, el único juicio en el que pueden apoyarse los populistas es en el de “creencia”. Lo cual nos conduce al “voluntarismo”: “actitud que funda sus previsiones más en el deseo de que se cumplan que las posibilidades reales” (4ª acepción Diccionario RAE). Que los populistas son voluntaristas lo demuestran las propuestas que ha efectuado Pablo Iglesias en lo que va de legislatura. Así se lo  recordó recientemente el presidente del Gobierno cuando le dijo en el Congreso de los Diputados que sus iniciativas en esta legislatura costarían alrededor de 63.000 millones de euros y llevarían a España a la quiebra.

Admitamos a título de pura hipótesis que los populistas, en lugar de seguir la política del “el cuanto peor mejor”, hacen propuestas a favor de los más necesitados. Pues bien, es precisamente su falta de experiencia y su escasa razonabilidad las convierten esas iniciativas en promesas del oro y el moro que son de todo punto irrealizables en la práctica porque no tenemos todo el dinero que queremos, sino el que hay.

Pero hacen esas propuestas porque les sirven para captar votos de los incautos y llegar al poder, aun cuando sepan cuando las hacen, que las incumplirán inevitablemente. Pero no porque se encuentren la economía real peor que la anunciada por el Gobierno de turno, sino simplemente porque la experiencia –de la que carecen- demuestra que las políticas de prometer lo que no se tiene, esperando obtener nuevos ingresos de los “más ricos” conduce al fracaso de la promesa y a la melancolía y desesperación del pueblo. Venezuela era antes del Chavismo una nación rica de la que se beneficiaba una buena parte del pueblo, pero corrupta, hoy es una nación pobre que sufre una buena parte del pueblo e igualmente corrupta, con unos nuevos beneficiarios.

Cuando pienso en la demagogia del populismo, me viene a la cabeza una imagen que vi en televisión durante la crisis griega, en la que un pensionista lloraba sentado ante la puerta cerrada de una entidad bancaria, porque el corralito decretado por los que prometían lo imposible le impedía sacar el importe de su pensión.

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