Una feria ARCO con polémica y con un público excesivamente imaginativo

Publicado por el Feb 26, 2018

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Como todos ustedes saben, se ha celebrado recientemente en Madrid “ARCO”, la feria internacional de Arte Contemporáneo, en la que han ocurrido, al menos, dos sucesos que merecen un especial comentario.

El primer suceso tiene que ver con la noticia, objeto de una fuerte polémica, de la retirada de la exposición de ciertas fotografías de personas, que su autor calificó como “presos políticos”. La discusión se centró, fundamentalmente, en si la orden de descolgar las fotografías suponía o no un acto de censura; por lo general, las distintas opiniones se sustentaron en argumentos sólidos, aunque unos más convincentes que otros.

Para mí –y tal vez ello se debe a deformación profesional- convenía precisar previamente si las fotografías retiradas eran “obras fotográficas” o, por el contrario, “meras fotografías”. La pertenencia a una u otra categoría es muy relevante, ya que mientras las primeras son creaciones originales con el nivel de creatividad suficiente para ser obras artísticas protegidas por el derecho de autor, las segundas son simples fotografías, carentes de dicho nivel de originalidad y, por tanto, protegidas por un derecho afín al derecho de autor y de menor entidad.

Esta cuestión tiene relieve porque hubo no pocos comentaristas que enmarcaron la polémica en la libertad de creación artística, cuando podría ser que la orden de retirada fuera no de una obra artística, sino de unas simples fotografías carentes de creatividad y originalidad. Las consecuencias de lo que antecede son importantes porque si fueran simples fotografías y no obras artísticas nos alejaríamos de un posible atentado contra la libertad constitucional de creación (art. 20.1.b CE) y nos situaríamos directamente en otro ámbito diferente como es el de unas meras fotografías que sirven de soporte a un mensaje político, en cuyo caso lo que entraría en juego es la libertad de expresión y sus límites.

La cuestión, así planteada, hace que la polémica adquiera matices diferentes, porque ya no se estaría discutiendo sobre si hubo un ataque contra la exhibición una obra artística, sino sobre si era legítimo mantener colgadas unas meras fotografías que eran fundamentalmente los soportes físicos de un mensaje político, que habría que valorar jurídicamente.

Pues bien, de aceptarse esta manera de ver las cosas, la decisión de retirar o no las fotografías supondría optar por mantener a toda costa el mensaje político plasmado en las meras fotografías que no llegarían a ser obras artísticas o entender que se exhibían simplemente soportes de un mensaje político en el cual se acusaba implícitamente de “prevaricación” a los órganos judiciales que tuvieron que ver con el encarcelamiento de los sujetos fotografiados. Habría, por tanto, una ponderación entre la libertad de expresión del fotógrafo de considerar a políticos presos como “presos políticos” y el límite que supone el delito de acusar a un juez de prevaricar. La jurisprudencia de nuestro Tribunal Supremo no impide que se critiquen las decisiones judiciales, pero para que prevalezca la libertad de expresión sobre el derecho al honor del magistrado en cuestión exige que no se empleen expresiones innecesarias para transmitir el mensaje de interés público del informante. A mi modo de ver, y sobre todo tras la intervención del Tribunal Constitucional que dejó absolutamente claro que la declaración unilateral de independencia de Cataluña era un ataque contra la Constitución, me parece que los que sostienen que los sediciosos encarcelados son “presos políticos” actúan a sabiendas de que no es cierto que que lo sean. Así las cosas, si la decisión dependiera de mí, me inclinaría por preservar el honor y la integridad de los magistrados intervinientes.

El segundo suceso que merece ser destacado tiene que ver con una acción llevada a cabo por periodistas de Tele5 del programa “El buscador de historias” de la que dieron fe en imágenes. Prepararon un lienzo y dieron a un grupo de niños de guardería de entre 2 y 3 años pinceles y pinturas para que lo emborronaran. Pues bien, una vez pintado de este modo el cuadro una reportera intrépida lo colgó en ARCO y fue entrevistando a los visitantes que lo contemplaban.

No sólo ninguno de ellos puso en duda el carácter artístico del cuadro, sino que la mayoría de ellos se atrevieron a interpretarlo señalando que era obra de un artista maduro, que reflejaba mucha meditación, que se debía a un espíritu desesperado y al que la reportera puso un precio de 15.000€ sin que le pareciera caro a ninguno de los entrevistados.

El suceso revela cuanto “cuento” puede esconderse en el arte abstracto y me recuerda algo que leí una vez. Un emperador de China salió de incógnito a dar una vuelta fuera del palacio y vio a varios pintores callejeros que ofrecían sus cuadros. Al llegar junto a uno de ellos le preguntó qué era lo que le resultaba más fácil y más difícil de pintar. El pintor le respondió que lo más difícil era un perro y lo más fácil un dragón. Al pedirle el emperador que justificara su respuesta el pintor respondió “todos sabemos cómo es un perro, y a los dragones no los ha visto nunca nadie”.

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