La propuesta de diálogo de ERC era tramposa

Publicado por el Feb 10, 2018

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El uso del Diccionario de la Lengua Española de nuestra Real Academia es mucho menos frecuente de lo que sería deseable. Tal vez por ello, no caemos en la cuenta de que las palabras tienen varias acepciones y no todas poseen el mismo significado.

Esto es lo que sucede, por ejemplo, con la palabra diálogo. En su primera acepción, diálogo significa «plática entre dos o más personas, que alternativamente manifiestan sus ideas o afectos». Según esta significación, hay diálogo en un mero intercambio de ideas entre dos sujetos. Lo determinante en este significado de diálogo es, pues, que cada uno pueda exponer al otro lo que piensa sobre determinado asunto.

Sin embargo, esta palabra significa también «discusión o trato en busca de su avenencia». Basta la simple lectura de esta acepción para reparar de inmediato que se está ante una significación distinta de la anterior. Aquí no se trata simplemente de que cada uno exponga alternativamente al otro lo que piensa, se exige algo más: hay diálogo si se discute o se conviene para transigir entre posiciones diferentes.

En política pueden darse diálogos con cualquiera de las dos acepciones reseñadas. Hay veces en que los representantes de dos formaciones políticas se entrevistan con el único objeto de que cada uno exponga al otro su postura sobre determinada cuestión. Este diálogo sólo parece útil y conveniente cuando los interlocutores desconocen la respectiva posición de cada uno. Pero parece que tiene menos sentido cuando las posturas son de sobra conocidas y, además, invariables. En otras ocasiones, en cambio, los políticos tratan de ajustar sus posiciones sobre un punto discutido, cediendo cada uno lo necesario para lograr un convenio.

Lógicamente, no es admisible la postura del político que se niega por sistema a cualquier tipo de diálogo con sus adversarios. Las cosas son, en cambio, diferentes cuando se trata solamente de negativas ocasionales sobre determinadas cuestiones. En este caso, la calificación que habrá de darse a la actitud del político en cuestión dependerá de la significación que tenga la palabra diálogo y del asunto de que se trate. Porque si lo que se pide es platicar alternativamente sobre posturas ya conocidas e inamovibles, es comprensible que uno de los protagonistas se niegue a dialogar.

Y lo mismo sucede cuando se solicita el diálogo sobre cuestiones sobre las que no se quiere, no se puede o, simplemente, no conviene transigir. En estas hipótesis, la disposición a dialogar, sabiendo que no es posible la avenencia, parece más una postura para la galería que una verdadera actitud dialogante.

Viene a cuento lo que antecede porque el pasado 6 de este mes ERC presentó una ente el Congreso de los Diputados una de propuesta de diálogo bilateral entre España y Cataluña porque –dijo Joan Tardá- “no se puede retener a Cataluña a garrotazos”.

Lógicamente, la propuesta fue rechazada por nuestra Cámara, pero no porque los partidos constitucionalistas no quieran dialogar, sino por dos razones implícitas en la significación de la palabra “diálogo”. De una parte, porque era inútil dialogar al ser las posturas de los interlocutores de sobra conocidas (aunque esta vez nos dieron la sorpresa de comparar a los independentistas con Gandhi y con Nelson Mandela ¡manda narices!). Y, de otra, porque se pedía platicar sobre la postura inamovible de aceptar la independencia de Cataluña, sobre la cual no es posible la avenencia, por lo que la propuesta era más una postura para la galería que una verdadera actitud dialogante.

 

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