Perdón por no haberos homenajeado como merecíais

Publicado por el Feb 4, 2018

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A finales de la década de los sesenta y durante los primeros años de los setenta del siglo pasado, mi vida se vio sobresaltada por el comienzo de la actividad criminal de ETA. Aunque están algo borrosos, los primeros recuerdos que tengo eran noticias, al principio no demasiado frecuentes, que daba Televisión Española sobre miembros de la policía destinados en el País Vasco que habían sido asesinados por dicha banda terrorista. Recuerdo también que, como entonces aún vivía Franco, había quienes mantenían un difícil equilibrio entre condenar lo que era claramente la muerte alevosa e inadmisible de un ser humano y considerar esas acciones como una pieza más dentro de la lucha para la instauración de la anhelada democracia.

Pero llegó la democracia, y para sorpresa de muchos, ETA, lejos de cesar en sus acciones terroristas, intensificó su lucha armada, ampliando el territorio en el que atentar: se extendió a toda España; la condición de las personas elegidas como víctimas: los militares y la población civil; y hasta el modo de matar: al tiro en la nuca añadieron las bombas.

Hoy, que ya se puede hacer el trágico balance de su actividad terrorista, se sabe que esos descerebrados independentistas vascos llevaron a cabo 2.472 actos terroristas y abatieron al rededor de 829 inocentes.

El daño que causó esa banda criminal fue, sin embargo, mucho mayor que los asesinados y los heridos y no puede resumirse en esas cifras. La presencia de la banda criminal, su infiltración en la sociedad vasca, y su delirante objetivo, más o menos compartido por muchos habitantes de aquella región de conseguir la independencia de la gran Euskadi, generó en aquella tierra un clima social irrespirable en el que se mezclaban, el miedo, la delación, el rechazo y la presión social contra los familiares de las victimas.

No sé si todo esto era conocido en el resto de España, pero también recuerdo que las noticias de los primeros entierros de las asesinados se colaban de puntillas en los noticiarios de la época. En lo que a mi concierne, caí de verdad en lo que habían sufrido las víctimas de la banda ETA cuando leí “Los peces de la amargura” de Fernando Aramburu, que hoy ha ampliado en su excelente novela “Patria”. Entonces me di cuenta de que la historia de ETA no era solo una historia de muerte y asesinatos de inocentes a los que les robaron su futuro, sino, sobre todo, una historia de dolor causado a personas vivas.

Dolor por la pérdida de seres queridos, pero, sobre todo, dolor porque ser damnificados por la cobardía de un pueblo que, en lugar de ampararlos y de hacerles sentir el apoyo que merecían por ser víctimas inocentes de una locura separatista, los miraba con ojos de malicia, arrojaba sobre ellos sombras de sospecha, y les hacía sentir un enorme vacío para que acabaran huyendo de aquel pueblo de “valientes delatores”.

Desde hace unos años tenía personalmente dos deudas con las victimas del terrorismo. Una impagable, porque no tuve entonces la valentía suficiente para alzar mi voz en su apoyo a pesar de lo mucho que estaban sufriendo por mí y por el resto de los españoles. Su callado ejemplo merecía –y todavía estamos a tiempo de hacerlo- un gran homenaje nacional porque fueron víctimas no solo de los actos de la criminal banda terrorista, sino también de la indisculpable cobardía de todos los valientes delatores que les amargaron el dolor que ya sentían por la pérdida de seres queridos.

La otra, mucho más pequeña, me gustaría dejarla pagada hoy, con estas líneas porque es una deuda de perdón: os ruego que me perdonéis por no haberos acompañado en el dolor como merecíais y por no haberos mostrado mi mayor admiración por haber sabido sufrir con enorme dignidad y entereza nuestro ominoso silencio.

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