Los independentistas catalanes ¿se han convertido en una secta política?

Publicado por el Dec 24, 2017

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Como es sabido, el sufragio es un derecho reconocido en la Constitución para poder participar en los asuntos públicos a través de los representantes libremente elegidos en elecciones periódicas. El acto político por excelencia en el que se ejercita tal derecho es el de la elección de los diputados del Congreso o de los miembros de los Parlamentos de las comunidades autónomas, lo que tiene lugar, como dice nuestra Carta Magna, mediante «sufragio universal, libre, igual, directo y secreto». Desde un punto de vista instrumental, el voto se deposita con el fin de que cada ciudadano pueda elegir al partido que mejor represente su voluntad en orden a la participación política.

De lo que antecede se desprende que el voto, tal y como está concebido en la Constitución, tiene un sentido positivo o de utilidad, o si se prefiere, de responsabilidad, en la medida en que se trata de que cada elector escoja la formación mejor preparada para ejecutar el programa que más se aproxima a su manera de concebir la actuación política.

Sin embargo, el hecho de que el sufragio sea libre y secreto permite al votante adoptar la postura que desee, incluida la más irresponsable. En efecto, la libertad de voto le permite hacer lo que quiera con él, incluso abstenerse de emitirlo, y hace posible que la decisión de cada elector tenga como fundamento cualquier razonamiento, inclusive la sinrazón. Por su parte, el secreto del voto es el que hace posible la verdadera libertad de decisión, hasta la más descabellada, ya que no se sabe el sentido del voto ni tiene que dar explicación alguna sobre este.

Viene todo esto a cuento para poder exponer razonadamente la principal conclusión a la que he llegado tras ver los resultados de las elecciones catalanas del 21 pasado. Me refiero concretamente al voto de aquellos ciudadanos que han optado por el independentismo: JUNTSxCAT, ERC y CUP. Y es que desde la frustrada declaración unilateral de independencia del 1 de octubre han tenido lugar unos acontecimientos que al no haber influido en el voto de los independentistas obliga a preguntarse sobre la razón de esa tozuda e inquebrantable persistencia en el voto independentista.

En efecto, todos los electores de Cataluña sabían que la delictiva declaración unilateral de independencia supuso la intervención de los tribunales de justicia y la adopción de medidas cautelares sobre sus dirigentes alguno de los cuales están en prisión preventiva. Vieron también que, a pesar de lo que les decían los líderes sediciosos, desde la indicada declaración empezó un rosario interminable de empresas que fue abandonando Cataluña, incluidas sus dos Entidades Bancarias de referencia. Escucharon, por citar solo algunos datos económicos, que hubo una fuerte caída de la inversión extranjera (75% menos desde la DUI), que cayó en un 25% la creación de nuevas empresas y que fue la región donde más creció el paro. Y a pesar de todo esto solo un porcentaje mínimo de antiguos votantes de los independentistas (unos 75.000 apenas un 4%) cambió su voto a una opción constitucionalista.

Pues bien, a la vista de lo que antecede ¿cómo puede explicarse que tanta gente, más de dos millones de personas, hayan mantenido fielmente su apoyo a los independentistas? No se me ocurre otra explicación que afirmar que los independentistas catalanes se han convertido en una verdadera secta política.

La tercera acepción de secta significa “comunidad cerrada, que promueve o aparente promover fines de carácter espiritual, en la que los maestros ejercen un poder absoluto sobre los adeptos”. Pues bien, si sustituimos la palabra espiritual por “político”, esta acepción gramatical se ajusta perfectamente a la actuación de los votantes independentistas: forman una comunidad cerrada, en la que los maestros (Puigdemont y compañía) guían férreamente a un grupo de adeptos fanáticos que siguen irracionalmente los fines políticos que les proponen aquéllos, a pesar de que la realidad haya demostrado una y otra vez que no sucedió lo que les prometían: se fueron los bancos y las empresas, Cataluña, lejos de enriquecerse se está empobreciendo, y la comunidad internacional, en lugar de reconocer a la fantasmagórica República de Cataluña, la ha ignorado olímpicamente. Todo esto, unido al esperpéntico espectáculo de un ex president fugado que da por existente esa espectral república, demuestra que a los miembros de la secta política no les interesa en absoluto la realidad, sino que creen únicamente la versión falseada de la vida política que les dan los maestros-líderes.

No desconozco que en dicha secta política hay muchos adeptos por el interés, ya que para no pocos  el independentismo es un buen negocio. Pero me temo que como sigan por esta vía el perro va a adelgazar tanto que van a acabar peleándose por hacerse con las pulgas.

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