Prioridades políticas

Publicado por el Nov 24, 2017

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En el vertiginosamente cambiante mundo que nos toca vivir, el viento que es arrastrado por la prisa está difuminando las otrora fuertemente marcadas líneas de las ideologías de derecha e izquierda. Es como si el denso polvo de cuerpos y almas que ascendió tras la sangrienta contienda que hubo durante el pasado siglo XX se estuviera posando en las profundas huellas que dejó hasta dejarlas reducidas a líneas imperceptibles que los nuevos tiempos impelen a remarcar.

Es sobre la base de lo que antecede por lo que me atrevo a afirmar que son los políticos, más que el pueblo, los que se empeñan, una y otra vez, en levantar unos clichés con los que justificar unas decisiones que persiguen preferentemente la consecución de los intereses de partido por encima de los generales de la ciudadanía.

Me explico. Si se toma como referencia la Constitución, hay una línea perfectamente marcada que separa a los partidos políticos que la acatan de aquellos otros que o bien la incumplen sin más o no desaprovechan ocasión para erosionarla. La “multiforme” e indefinida declaración unilateral de independencia de Cataluña ha sido una piedra de toque idónea para que la ciudadanía pudiera ver con toda nitidez dónde se posicionó cada partido.

Pero, a ambos lados de la raya, las diferencias fueron más verbales y tácticas que reales. El PP mantuvo una línea coherente de defensa de la Constitución por convicción y obligación. Frente a la pretensión, sobre todo de los sediciosos, de imputarle residuos del franquismo, el PP se mostró en el conflicto catalán como una formación política plenamente democrática alineada con el Estado social y democrático de derecho constituido por nuestra Carta Magna de 1978. Ciudadanos, sin la carga de gobernar, apoyó sin fisura alguna –salvo una discrepancia menor sobre el momento de aplicación del artículo 155- al partido en el gobierno. Y el PSOE bizqueó. Miró con un ojo para un lado en el que se mostró como un partido de gobierno y constitucional. Pero, forzado por la infantil estrategia de tener que ser diferente del PP –alguien que mide 2 metros y veinte centímetros no tiene que decir que es alto- apoyó la aplicación de la Constitución “a cambio de algo”: el compromiso del PP de estudiar la reforma de la Constitución.

En el otro lado de la raya se formó un verdadero batiburrillo. Estaban los sediciosos, sus plañideras: el PNV y demás partidos nacionalistas (que hicieron de llorones para acompañaban en el dolor), los “sí pero no” (también llamados pescadores a río revuelto como la Colau) y los antisistema que ineludiblemente se alinean con todo lo que erosione la democracia y permita alcanzar su “paraíso” terrenal del comunismo.

El 21 de diciembre volverán a contender una gran parte de ellos en los comicios autonómicos de Cataluña. Aunque no ha comenzado oficialmente la campaña electoral, los partidos están ya en pleno escarceo político y mientras que en las filas de los independentistas (ahora simplemente virtuales) están en plena fase del tira y afloja, que no irá más allá porque tienen muy claro su objetivo primordial (la independencia), los partidos constitucionalistas están en plena batalla por conservar, recuperar o ampliar el voto.

Pero creo que no me equivoco demasiado si digo que el mismo 21 de diciembre, cuando se conozcan los resultados, los que puedan formar gobierno, sean los constitucionalistas o los otros, no tardarán en ponerse de acuerdo aunque haya que abandonar las que en su momento se fijaron como prioridades programáticas. Y es que, aunque no lo parezca, el 21 de diciembre es el día en el que todos los elegibles hacen una especie de “oposición” para encontrar puestos de trabajo.

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