El reparto de culpas en el desafío secesionista

Publicado por el Sep 10, 2017

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Visto hasta donde ha llegado esta vez el desafío secesionista catalán, no debe extrañar que los analistas se pregunten quien o quienes son los culpables en nuestros días de que las cosas han llegado al punto en el que se encuentran. Arturo Pérez-Reverte en su columna del “XL Semanal” sostiene que “España es culpable”. Y Roberto Blanco Valdés en La Voz de Galicia relata una anécdota personal que tuvo lugar en junio de 1977 en la que uno de los representantes de CiU en materia de financiación le confesó que la independencia era el objetivo último de los nacionalistas. “¿Lo verán tus ojos?”, preguntó el profesor gallego, a lo que el nacionalista catalán le respondió “¿Lo dudas? Por supuesto”.

No es fácil señalar quienes son los responsables del reto que tiene ante sí la todavía joven democracia española. Seguramente, hay muchos y escriba lo que se escriba ni estarán todos los que son, ni todos les señalados lo serán. Pero no conviene quedarse callado.

Con toda la admiración que siento por Pérez-Reverte, no creo que se pueda decir que España tiene la culpa: no veo qué responsabilidad puede atribuirse en este enloquecido desvarío secesionista a los ciudadanos que estamos entre los del montón. En cambio, sí comparto la idea de Blanco Valdés de subrayar la deslealtad de los nacionalistas que, como si fueran una tenia o solitaria, han ido royendo las entrañas de España para debilitarla, primero, e intentar separarse de ella, después.

Ahora bien, no me resisto a reflexionar sobre la posible culpa que han tenido los cinco poderes del Estado. La tienen, desde luego, los políticos. Pero no los padres de la Constitución, que hicieron lo que pudieron en los momentos del difícil transito de la dictadura a la democracia parlamentaria. Culpo sobre todo a los presidentes del Gobierno de la Nación (poder ejecutivo) que pusieron en manos de los nacionalistas (desleales por antonomasia) algo tan sensible a los efectos de la unidad nacional como es la educación.

Tienen también responsabilidad los diputados (poder legislativo) que elaboraron una legislación electoral que prima a los partidos nacionalistas, y que alumbraron reformas legales que suavizaron el tipo penal del delito de rebelión exigiendo el alzamiento “violento”. De no haber habido esta reforma del Código Penal más de un secesionista se pensaría llevar las cosas hasta donde están.

Son culpables asimismo los tribunales (poder judicial) por haber hecho una interpretación excesivamente laxa de nuestra legislación, poniendo las libertades de expresión y comunicación por encima de todas las demás, y sin atribuir el peso debido a los límites que representaban los demás derechos y libertades individuales.

El cuarto poder (los medios de comunicación) han sido también como una especie de correa de transmisión de los otros tres poderes, haciéndose eco amplificado de lo “políticamente correcto”, que consideraba “progresista” el nacionalismo, cuando era un movimiento clarísimamente retrógrado.

Y es muy probable que por encima de todos haya un quinto poder difuso, oculto y que no suele dar la cara, que es el que maneja todo en la sombra, en el que incluyo no solo a la alta burguesía (catalana y del resto de España), sino también al poder económico en su conjunto, incluido el internacional.

Y es que, por lo que se nos ha venido encima, da la impresión de que este poder oculto no consideró ni siquiera preocupante el desafío soberanista, ya que de lo contrario la reacción de los otros poderes que maneja éste habría sido diferente.

Lo único que se nos puede reprochar a los españoles en general es un pecado de omisión: no haber amado lo suficiente a España como para salir raudamente en su defensa cada vez que eran atacados sus símbolos, en lugar de tolerarlo cobardemente.

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