¿Qué tipo de profesor suelen recordar los alumnos?

Publicado por el Aug 10, 2017

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En la novela corta titulada “Un alma valerosa” (continuación del “Reencuentro”), Fred Uhlman, refiriéndose a un antiguo profesor de los dos protagonistas, el señor Zimmermann, escribe: “¡Pobre diablo! Era demasiado apacible, demasiado débil, demasiado bueno y los muchachos detestan a los débiles y buenos. Lo que exigen y respetan son la autoridad, la disciplina y el miedo”.

No estoy muy seguro de que los alumnos detesten lo que dice Uhlman, ni que tampoco prefieran lo que señala. Mi experiencia tanto de discente y de docente me induce a pensar que a quienes recuerdan a la larga los alumnos es a los profesores que les han enseñado.

Permítanme que para reforzar mi opinión exponga la impresión que me produjo el fallecimiento de mi profesor de francés del bachillerato. Antes que él, había fallecido algún otro profesor, pero la noticia de su muerte no había alterado demasiado mi quehacer diario: los recordé con cariño y les agradecí genéricamente lo que me habían enseñado. No hubo nada más, porque uno siente lo que siente y en esto del sentir no existe lo políticamente correcto.

La noticia de la muerte de Don José Quintero, en cambio, me impresionó más hondamente. Me hizo recordar algunos momentos de mi época de estudiante de bachillerato en el Colegio Salesiano, entre la segunda la mitad de la década de los cincuenta y la primera de los sesenta.

No puedo opinar sobre su persona, porque carezco de datos para ello. Mi relación personal con él no fue más allá de las horas de clase y de alguna otra conversación, generalmente en grupo, fuera de aquéllas. Pero sí que estoy en condiciones de dejar testimonio de cómo ejerció su profesión.

Nos enseñó francés con un método propio que, con los criterios de hoy a lo mejor no era ortodoxo, pero que, a la vista de sus resultados, he de considerarlo como sumamente acertado. Recuerdo la gran importancia que daba al vocabulario. Nos hacía aprender un amplísimo vocabulario en la doble dirección, francés- español y español-francés. Comenzaba por el primer pupitre de una hilera, decía una palabra en francés o en español, y el alumno al que le tocaba responder tenía que decir inmediatamente su significado en el otro idioma. Si algún alumno se quedaba callado, el turno pasaba al siguiente y así podíamos estar haciendo rondas hasta que llegaba el final de la clase.

Otras clases las dedicaba a la lectura del francés. Recuerdo que él tenía, lo que entonces me parecía, y lo sigo creyendo hoy, una magnífica pronunciación. Desconozco donde la adquirió, seguramente en Francia, porque no desmerecía en nada a la de muchos expertos a los que tuve ocasión de oír a lo largo de mi vida. Cuando no leíamos bien, nos corregía, exagerando la inflexión y el tono de su voz, deletreando lentamente lo que resultaba más difícil de pronunciar, e insistiendo en los sonidos nasales tan propios de esa lengua. Como recordó alguna vez mi compañero de curso Cristino Álvarez, no dejaba de repetirnos “Il faut faire la liaison”.

El resultado de todo ello es que, siendo un alumno medio, adquirí en el bachillerato un nivel de francés que me sirvió para el resto de mi vida. Me fue tan útil todo lo que me enseñó que después de acabar la carrera de Derecho, pude hacer, con el francés del bachillerato y sin ninguna otra clase complementaria, mi tesis doctoral sobre un tema de Derecho francés.

Durante la realización de la tesis, pensé en bastantes ocasiones en mi profesor de francés, sobre todo cuando lograba entender una frase enrevesada. Pero nunca lo llamé para decirle lo muy agradecido que le estaba. Tenía que haberlo llamado, aunque solo fuera para decirle que era todo un Profesor: una persona que ejercía con gran maestría y enorme eficacia la enseñanza de una lengua.

Este recuerdo es el que me lleva a defender que los alumnos más allá de las cualidades personales del profesor, si es débil o duro, lo que acabamos recordando sustancialmente es si nos enseñó bien la disciplina por la que comparecía ante nosotros.

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