PALABRAS

Publicado por el Aug 2, 2017

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Para relajar un poco el tenso ambiente político de los últimos días, subo al blog uno de los primeros cuentos que escribí hace muchos años:

“Caminaban cogidos de la mano por uno de los senderos del parque. Antón tenía sesenta y ocho años. Hacía tres que estaba jubilado y, desde entonces, no había vuelto a salir al mar. Tenía un buen aspecto. Su vestimenta era modesta, pero limpia. Era su rostro el que le confería cierto aire de gran señor. Todavía conservaba el color oro viejo de la piel que se curte, día a día, en el mar. Sus ojos eran azul claro, del mismo tono del agua que cubre la arena fina de las calas. Su pelo blanco y abundante mantenía el trazado marcado por las púas del peine.

La jubilación había hecho decrecer sus ingresos. Pero lo había enriquecido de tiempo libre. Y Antón gastaba –o, tal vez mejor, ganaba- su tiempo, dando largos paseos con su nieta Cris.

La niña tenía siete años. Sus cabellos eran rubios y lacios. Los ojos melados. Muy vivos y expresivos. Cuando se reía, su cara adquiría una atractivo especial. El tono cálido de su risa, la falta de uno de sus dientes y las arrugas que se le formaban en los ojos y la nariz, confluían en un torrente desbordante de alegría que tenía hechizado a Antón.

Como todos los días, aquél también se detuvieron a descansar un rato. Mientras Antón enjugaba el sudor de su rostro con un pañuelo, se les acercó un vendedor ambulante.

-¿Me compra un globo para la niña? –preguntó

Antón descubrió en los ojos de Cris el deseo de que se lo comprara. Pero antes de que pudiese responder al vendedor de globos, con un tono firme exclamó:

-¡Abuelo, no desahorres tu dinero!

Antón soltó una carcajada. Y dirigiéndose al vendedor dijo:

-Deme el mejor globo que tenga. ¡Qué cosas tienen los niños! ¿Ha oído usted la palabra que acaba de inventar mi nieta!

-¿Desea algún globo en especial, señor? –dijo con cierta frialdad el vendedor ambulante.

-¿Cuál quieres, Cris? –preguntó Antón.

-Aquel rojo… el de la cara de ratón.

El vendedor entresacó una cuerdecilla del haz que sujetaba con su mano izquierda. Y tirando de ella bajó el globo solicitado.

-Son dos duros.

Cuando se iba alejando el vendedor, Cris que seguía un poco ruborizada, dijo:

-Abuelo, ¿por qué te has reído de mí?

-No…, no era de ti –respondió Antón un poco sorprendido por la reacción de la chiquilla-. Es que a veces los niños, sobre todo tú, inventáis unas palabras… Recuerdo que un día de marzo, cuando tenías cuatro años, pasamos, camino de León, por varios pueblecitos. Y, en uno de ellos, te enseñé una cigüeña que descansaba en un gran nido de paja en lo alto de un campanario de la iglesia. Aquel nido no debió llamarte mucho la atención. Pero, cuando entramos en el pueblo siguiente y viste otro nido un poco deshecho, me dijiste alarmada: Abuelo, ¡un nido despajado…!

Cris, que había mantenido su mirada perdida mientras escuchaba este relato, esbozó una ligera sonrisa, satisfecha de haber hecho reír a su abuelo”.

 

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