El ocaso del poderoso

Publicado por el Jul 19, 2017

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Vaya por delante que no conocía personalmente a Miguel Blesa y que solo coincidí con él una vez en mi vida, razón por la cual me propongo escribir desde la suficiente distancia como para hacer algunas reflexiones que nos hagan pensar, más que en él, sobre los poderosos y los que les bailan entusiastamente el agua mientras conservan el poder.

Por lo general, el poderoso, y hablo en masculino porque es en este género donde más abunda, es un personaje que nace y se hace. De niño, suele ser algo enclenque y desde su más tierna infancia contrasta la poca inclinación que muestra por hacer deporte con la clara vocación que siente por todo lo relacionado con los libros y el saber. Por eso, es brillante en el bachillerato, alumno destacado en la carrera y, en su caso, eficaz opositor. Y cualquiera que sea la vía, acaban formando parte de los cuerpos de profesionales de élite.

Con este perfil, no es aventurado afirmar que estamos ante una persona poco agraciada con el don de la simpatía. Dicho llanamente es un auténtico pelmazo. Los más prudentes de entre ellos lo saben, de aquí que sean personajes taciturnos, que hablan poco y, por lo general, solo cuando les preguntan. Pero los hay que piensan que su indiscutible valía acreditada en el mundo del saber es extensiva a todos los demás ámbitos, y llegan a creerse hasta ocurrentes y graciosos. Tanto aquél tipo como éste estarían más solos que la una de no ser porque su poderoso intelecto los lleva con el tiempo a ocupar los puestos más destacados en la vida económica y social.

Y por aquí surge la especie de los pelotilleros. Éstos suelen ser sujetos inofensivos, individuos grises que aceptan sin discusión alguna la primacía del poderoso y cumplen escrupulosamente la misión de hacer que la vida de éste sea lo más placentera y agradable posible. No discuten jamás, están dispuestos a hacer todo lo que decida el poderoso al que jalean, y están especialmente entrenados para reír: se carcajean de cualquier chanza, aunque esté muy justita de gracia, por el solo hecho proceder de la boca del jefe.

Aunque pueda parecer lo contrario, la simbiosis entre el poderoso y los pelotas es fructífera para ambas especies. Al primero, -que más que amigos suele tener vasallos-, los pelotas lo salvan de la soledad a la que estaría irremisible condenado por su falta de atractivo y generosidad. Hasta tal punto tratan de hacerle la vida fácil y placentera, que en el código de todo buen pelota figura que nunca debe pedirle favores. A pesar de esto, la asociación con el poderoso también es beneficiosa para el palmero, porque, aunque llegue a tener agujetas en la cara de tanto reírle forzadamente sus “singracias”, le basta con poder presumir ante los demás de que se trata con él. Claro que cuando el poderoso de turno pierde el poder sus palmeros actúan como las ondas del agua remansada cuando se arroja una piedra: se van alejando hasta desparecer.

Podríamos preguntarnos, para finalizar, si merece algún reproche el poderoso al que han premiado reiteradamente por razón de su cargo. Si es lo suficientemente autocrítico como para saber a qué responden muchos de sus premios, solo podría reprochársele haber tenido la venial debilidad de aceptarlos. Pero ¿qué decir de los que alborozada y servilmente le otorgaron el galardón para congraciarse con él porque era poderoso? ¿No habría que hacerlos responsables por haber utilizado la distinción con oscuras finalidades, a veces particulares, en lugar de emplearla como un modo limpio y objetivo de recompensar a los mejores? No sé qué pensaran ustedes, pero para mí es peor la traición de los aduladores que la vanidad del poderoso que acepta un premio incluso sospechando que puede ser inmerecido.

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