La oposición deconstructiva

Publicado por el Apr 26, 2017

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En una democracia representativa como la nuestra, en la que son varios los partidos políticos que alcanzan representación parlamentaria y en la que la existencia de gobierno requiere la votación mayoritaria de los miembros del Congreso de los Diputados, surge inevitablemente la dialéctica gobierno-oposición. Hasta tal punto es esto cierto que donde no hay oposición no hay democracia. Y es que la oposición no es una instancia negadora del poder del gobierno, sino un requisito imprescindible para organizar el desacuerdo político inherente a toda realidad social.

De lo que antecede se desprende que en las democracias parlamentarias asentadas, la oposición, más que revolucionaria y negadora del sistema, es discrepante y organizadora del disentimiento. De tal suerte que gobierno y oposición, aun teniendo funciones antitéticas, mantienen una relación de complementariedad: se necesitan mutuamente porque se complementan.

Es verdad que el funcionamiento del binomio gobierno-oposición no es el mismo en el caso del bipartidismo que en el supuesto de una oposición integrada por un abigarrado conjunto de partidos. Y otro tanto cabe decir de un parlamento en el que hay mayoría absoluta o una mayoría minoritaria que gobierna por haber conseguido la confianza de la Cámara.

La cuestión que cabe plantearse es cuál es la función de la oposición en casos como el nuestro en el que el gobierno está en minoría y la oposición caracterizada por un único elemento común (no estar en el gobierno), pero con ideologías claramente divergentes que van desde el liberalismo de Ciudadanos hasta la utopía comunista de Podemos, pasando por la dubitativa socialdemocracia del PSOE y finalizando por los partidos secesionistas y los movimientos antisistema que ejercitan desde el parlamento una oposición extraparlamentaria.

La respuesta es difícil porque en un sistema basado en el pluralismo político la imprescindible organización del gobierno no puede extenderse hasta replicarse en el modo de ejercer su labor de oposición esas tan diversas formaciones políticas que representan sensibilidades sociales de tan diferente alcance. Dicho de otro modo, democráticamente tiene todo su sentido organizar el gobierno, pero no lo tiene tanto hacerlo también con la oposición cuando engloba partidos con ideologías y principios tan contrapuestos.

Pues bien, a poco que se observe la realidad, uno cae en la cuenta de que en la “orquesta” que conforma nuestra actual oposición no predomina el sonido de los violines de los partidos constitucionalistas, sino el ruido ensordecedor de los instrumentos de percusión que representan los partidos radicales. O escrito con otras palabras: lejos de actuar cada una de las partidos constitucionalistas de la oposición de acuerdo con sus principios programáticos, cegados por la posibilidad de desgastar al PP, dejan que dirijan la orquesta de la oposición los partidos más radicales y los que quieren disolver la unidad de España.

Por eso, creo que no es exagerado afirmar que hoy por hoy tenemos una oposición que ha renunciado a ser “constructiva” y que ha abrazado claramente el credo de la deconstrucción. Y que conste que el hecho de que los partidos constitucionalistas sigan esta política de oposición deconstructiva no está justificado por nada, ni siquiera por el socorrido argumento de la “corrupción”, porque entre los que tocan el tambor en esta oposición política que está amenazando nuestra recuperación económica hay también partidos asediados por episodios de corrupción. El pueblo no es tonto y está viendo que hay algunos que tienen demasiada prisa por llegar al poder y que en esa carrera enloquecida se olvidan de los intereses generales de España.

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