Perplejidad ciudadana ante la reiteración de episodios de corrupción

Publicado por el Apr 24, 2017

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Creo que no me equivoco demasiado si afirmo que una gran parte de la ciudadanía está perpleja ante la interminable procesión de presuntos corruptos que vemos en los medios acudir cada día ante la justicia. Y tampoco erraré mucho si vaticino que este proceso “depurativo” de la golfería no ha acabado todavía ya que surgirán nuevos casos de saqueo de los caudales públicos.

La simple observación permite advertir que los protagonistas de estos episodios suelen pertenecer a dos mundos de importante significación en la vida pública: políticos y empresarios. Y que el reparto de los papeles parece ser siempre el mismo: el corruptor es el empresario y el corrompido es el político. Aunque de esto no estoy muy seguro, porque no son pocas las ocasiones en las que es el político el que aboca al empresario a la operación corrupta. ¿Cómo reaccionar ante esta especie de “peste” que se cierne sobre nuestra realidad actual?

Cada cual responderá según sus circunstancias, pero quien a mi me inquieta es la de la gente de buena fe, que actúa sin “ojos de malicia”, y que no ve en cada episodio de corrupción una vía idónea para “ajustar” cuentas con el destino. A todos ellos dirijo mis comentarios.

Para tener una idea aproximada de lo que está pasando, conviene precisar, antes que nada, los términos  del problema. Y, desde esta óptica, parece claro que no estamos ante una conducta generalizada. Aunque hay numerosos casos de corrupción, no todos los políticos, ni la mayoría, ni tan siquiera una parte significativa de ellos, han cometidos actos de corrupción. Por eso, siendo intolerable un solo caso de corrupción, lo cierto es que se trata de episodios aislados, muy ruidosos eso sí, pero ocasionales, por lo cual descalificar globalmente a todos los políticos por corruptos y a todos los empresarios por corruptores sería una actitud sumamente injusta y desacertada.

En cuanto a los partidos a los que pertenecen los políticos implicados, la realidad permite avanzar un doble paso: hay políticos corrompidos en la generalidad de los partidos y hay más implicados cuanto mayor sea el poder acaparado por la formación política de que se trate. Y es que la flor de la corrupción crece en los campos donde anida el poder.

Respecto de quiénes son los beneficiarios de los actos de corrupción, todo parece indicar que, aunque los destinatarios últimos del importe de las “mordidas” son los partidos, lo cierto es que mucha carne de la corrupción queda también entre las uñas de los supuestos “recaudadores”.

Pero ¿a qué obedece tanta corrupción política? Esta pregunta tiene, al menos, las dos respuestas siguientes: una general, que tiene que ver con la inadecuada regulación de la financiación de los partidos políticos y otra particular referida a cada político corrupto que tiene que ver con la condición humana.

En cuanto a la general, tal vez porque se pasó muy brusca y rápidamente de un régimen autocrático a una democracia, los políticos de entonces tardaron en preocuparse de la financiación de los partidos: se pensó en ella cuando ya habíamos dado bastantes pasos en nuestra vida democrática. En los comienzos de la democracia, ayudaron con sus donaciones las fundaciones de los partidos políticos europeos y, tras ese periodo inicial, y hasta que por fin se reguló la financiación de los partidos, se fue generalizando la práctica de extraer los recursos económicos de las fuentes que manejaban los partidos, básicamente del urbanismo y de las grandes obras públicas.

Si de lo general pasamos a lo particular, las cosas están todavía más claras, ya que cuando se maneja dinero opaco volverse o no  corrupto depende de la ética y de los valores de quienes manejan esos fondos sin contabilizar. Y de éstos es claro que ha habido quien no se ha resistido a la tentación de quedarse con algo o con mucho, según los casos.

Si lo sucedido fue parecido a lo que se acaba de describir, se puede sostener que los episodios que estén saliendo ahora a la luz son más del pasado que actuales. Y que las medidas tomadas parecen adecuadas para que no vuelvan a repetirse tan reprochables conductas.

Desde luego, la nueva legislación trazar una línea divisoria entre el pasado y el futuro. En lo sucesivo, creo que habría que ser absolutamente intransigente ante cualquier acto de corrupción. ¿Y que hacemos con la corrupción pasada que está aflorando ahora? También intransigencia en exigir una dura respuesta de los tribunales de justicia, así como las responsabilidades políticas que correspondan. Lo que no me parece acertado –e insisto en que me refiero ahora solamente a la corrupción pasada que aflora ahora- es que haya consecuencias electorales para la formación política como tal. La razón que me lleva a pensar de este modo es que se tardó más de lo deseable en regular la financiación de los partidos políticos y mientras tanto se generalizaron unas prácticas que entonces se pasaron por alto y hoy resultan inadmisibles.

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