Percepciones sensoriales procedentes de la Tierra

Publicado por el Apr 3, 2017

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Si en uno de sus vuelos un Ícaro moderno pudiera oír y oler desde lo alto del firmamento los efluvios que desprende el planeta Tierra, tendría percepciones de muy variada naturaleza. Oiría, sin duda, el ruido real que genera nuestro mundo, y olfatearía también los olores naturales que emanan de él. Pero estoy seguro que a nuestro Ícaro imaginario le interesarían más los sonidos y olores que emiten los sentimientos de los humanos que habitamos en este viejo planeta.

Al volar por encima del primer mundo, percibiría los sonidos y los olores de la abundancia. El sonido de la abundancia es ensordecedor, y los tonos que lo componen están tan mezclados unos con otros que no es fácil separarlos, ni adivinar de dónde proceden. Hay sonidos sublimes, como la música, que ascienden hacia el cielo, produciendo una embriagante sensación de bienestar. Con la música, se mezclan también las carcajadas del placer y la vida confortable. Pero no es esto lo único que percibiría. Escucharía las voces broncas de la avaricia, la algarabía desconcertante del consumismo, los gritos sordos de la vida escasa en valores espirituales, y las nauseabundas flatulencias de la gula extrema y del despilfarro. El olor de la abundancia tampoco es nítido. Se combinan, hasta confundirse, el aroma dulce y limpio de los buenos sentimientos con el hedor fétido y pestilente del odio, la envidia y el resentimiento.

Al sobrevolar por el segundo mundo, nuestro personaje imaginario tendría que aguzar sus sentidos para percibir la combinación de abundancia y escasez que desprende esa parte de la Tierra. Captaría el sonido y el olor de la abundancia, ya descritos, pero, como oiría y olería también la escasez, tendría que poner toda su atención porque todos ellos llegan a lo alto del firmamento bastante atenuados. Y es que, además de ser allí poco intensos el sonido y el olor de la abundancia, los de la escasez son demasiado lacerantes.

Cuando realmente se sobrecogería nuestro Ícaro moderno sería al sobrevolar el tercer mundo. Y no tanto por un exceso de ruidos o de olores, sino por todo lo contrario: por la falta de ellos. Y es que en el tercer mundo, es tanta la carencia que hasta los gritos se transforman en un inmenso silencio. Porque todo lo que han reunido los habitantes de esa parte del mundo a lo largo de sus vidas –si es que se pueden llamar así- ha sido hambre, escasez, olvido, desprecio, explotación. Y por eso, lo único que les sobra es el asco y la repugnancia que sienten hacia los desaprensivos y explotadores de los otros dos mundos.

Pero del tercer mundo no solo emana el impresionante silencio del hambre extrema, sino también la ausencia de olor. Puede percibirse débilmente el maravilloso olor del amor y de la entrega de algunos heroicos ciudadanos venidos en su ayuda de los otros dos mundos. Pero llega a hacerse imperceptible porque acaba siendo devorado por la falta de olor que tiene en ese mundo la tristeza.

Con todo, lo peor es que a pesar del tiempo que llevamos habitando en este planeta y de las repetidas ocasiones en que se han alzado voces protestando por lo que nos venimos haciendo unos seres humanos a otros, no parece que las cosas vayan a cambiar demasiado en los años venideros.

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