Me llamo Isabela, tengo 20 años y Síndrome de Down

Publicado por el Mar 24, 2017

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Más o menos con las palabras del título comenzó la intervención de la joven diseñadora guatemalteca el pasado miércoles por la tarde en el V Seminario Regional sobre Artesanía que se celebró desde el 20 al 23 de marzo en La Antigua Guatemala. A los que allí estábamos nos habían dicho que Isabela había sido incluida por la Revista Forbes entre las 100 mujeres más influyentes del mundo, y conocíamos también que había participado recientemente en la semana de la moda de Londres. Pero lo que sucedió durante su intervención no nos lo podíamos imaginar.

Llegó acompañada por su madre, Isabel Tejada, y venía vestida con un traje diseñado por ella misma. Abrió una carpeta con los folios que contenían su intervención y empezó a hablar sobre cómo había llegado a ser diseñadora. A medida que avanzaba su discurso, nos fuimos quedando prendados por sus palabras, que rebosaban naturalidad, pasión, amor y fortaleza.

Naturalidad, porque era una joven sin dobleces que hablaba de sí misma no para envanecerse, sino para contar por qué había decidido dedicarse la diseño de moda. Y es que después de haber hecho un buen bachillerato, la rechazaron cuando solicitó acceder a los estudios universitarios. Entonces decidió abrir un taller de modo que venía a continuar la tradición de su abuela y estudió, como dijo ella, en la universidad de la vida.

Pasión, porque tras comprobar que toda la ropa que compraba no le quedaba bien, decidió entregarse en cuerpo y alma a hacerse su propia ropa, hasta acabar diseñando ropa para los demás. Fue realmente extraordinario el modo en que describió su propio cuerpo y las dificultades físicas propias de su condición especial de joven “Down”.

Amor, porque eso fue lo que nos transmitió a todos. Un amor rebosante y lleno de gratitud a su familia que traslada a cada pieza que diseña. Nos contó que le gustaba mucho engalanar las prendas que confeccionaba con pompones y otros adornos, y que cada obra que acababa era una pieza singular.

Y fortaleza, porque en aquel cuerpo perfectamente reconocible por el síntoma había un alma llena de valores, como el esfuerzo y la entrega, que reflejaban que no fue de rosas, sino de espinas, el camino tuvo que recorrer para llegar al punto exitoso en el que se encuentra actualmente.

Al finalizar sus palabras, los asistentes nos pusimos de pie y le dimos una atronadora ovación, emocionados por la lección que acabábamos de recibir de aquélla maravillosa joven. Su madre confesó que el día que le dijeron que la más pequeña de sus hijos tenía Síndrome de Down lloró amargamente. Pero inmediatamente añadió que jamás pudo imaginar que le iba a proporcionar tanta felicidad. No exagero un ápice al decir que Isabela es un ser extraordinario, y todo parece indicar que ha llegado a serlo no solo por sus dotes, sino también por el apoyo y el cariño, no exento de exigencia, de toda su familia y especialmente de su madre.

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