El aplauso mutuo en política

Publicado por el Feb 25, 2017

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Actualmente, la realidad publicable avanza a tal velocidad que los  presentadores de los noticiarios televisivos al dar una noticia tienen que apoyarse en imágenes de archivo. Por poner un ejemplo, estos días es muy frecuente referirse a la actualidad de Podemos pasando una y otra vez imágenes de su último congreso (Vistalegre II), en las que se ve a todos los concurrentes, los líderes del partido y el público asistente, aplaudirse mutuamente. Pues bien, como el aplauso tiene distintos significados y puede ser mal entendido por los aplaudidores-aplaudidos, me permito efectuar las siguientes reflexiones.

Hay aplausos que son totalmente merecidos. Y ello porque hay personas que hacen en vivo  demostraciones que provocan en el público que las contempla una exaltación fervorosa de tal naturaleza que responde aplaudiendo enardecido. Esto es lo que pasa con  los cantantes, músicos, actores de teatro, o deportistas de elite –por poner algunos ejemplos- que desarrollan una prestación que está tan fuera del alcance de la generalidad que a través del aplauso reciben nuestra aprobación por lo que hacen y el  reconocimiento implícito de que somos incapaces de igualarlos. En estos casos, el aplauso condensa nuestro entusiasmo por el espectáculo que nos han ofrecido. Pero es también un signo de admiración que puede acabar produciendo en el aplaudido un incremento comprensible de su ya normalmente alta dosis de vanidad.

Con todo, los efectos del aplauso en el merecidamente aplaudido no deberían hacerlo caer nunca en el vicio de la soberbia. Porque ésta es satisfacción y envanecimiento por la contemplación de las propias cualidades con menosprecio de los demás. Y si ya es discutible que alguien pueda envanecerse de sí mismo, lo que es de todo punto inaceptable es que encima tenga poca estima por los demás.

Pero hay aplausos que tienen otros significados. Hay casos en los que el aplauso más que recompensar con entusiasmo la portentosa actuación artística o deportiva de alguien, significan simplemente una señal de aprobación o de acuerdo con lo que dice el aplaudido. Este es, por lo general, el sentido que ha de darse al aplauso que recibe, por ejemplo, un conferenciante al final de su intervención. Por eso, en los conferenciantes sensatos el aplauso lo más que hace es que se sientan recompensados por el esfuerzo realizado.

Y algo de esto es lo que debería suceder con los políticos. Un político de buen juicio debería esforzarse en interpretar correctamente los aplausos de la concurrencia. Y una buena señal de ello sería no aplaudir a su vez a los que le están aplaudiendo. Porque entre los que le aplauden no son pocos los que lo hacen por agradecimiento, en cuyo caso el palmoteo no es más que el modo de corresponder el beneficio o favor hecho por el político. Junto a éstos, hay otros aplausos –y son tal vez los más numerosos- que expresan el indicado sentido de aprobación con lo que ha hecho o dicho el aplaudido, en cuyo caso no se descubre la razón por la que el político debe devolver los aplausos. En cualquier caso, si no quiere abandonar la senda del buen juicio, el político no debe atribuir a los aplausos otros efectos que los puramente reconfortantes: infundir ánimo para seguir esforzándose en el servicio a los demás.

Ahora  bien, el efecto que nunca debe producir el aplauso en el político es convertirlo en un “hombre-globo”, aquejado del mal conocido como “desdén de altura”. Una enfermedad que padecen los políticos que, desde lo alto de su pedestal, se elevan, ensimismados y complacidos, considerándonos a los demás como seres insignificantes a los que el político aplaude por la razón de ser por ellos aplaudido. Estamos en tiempos de congresos y aplausos y sería bueno que los políticos se fueran ejercitando en la modestia para interpretarlos correctamente.

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