Las instituciones de caridad socorren y no preguntan

Publicado por el feb 13, 2017

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En los tiempos de bonanza del primer lustro del presente siglo, las familias españolas de clase media vivían con una razonable sensación de suficiencia económica y de seguridad. Los sueldos fijos de ambos miembros del matrimonio, completados no pocas veces con el de algún hijo, eran suficientes no solo para no pasar agobios económicos, sino también para permitirse algunos caprichos.

En esa situación, era explicable que muchas unidades familiares llegaran a pensar que había llegado el momento de comprar la vivienda –generalmente modesta- de sus sueños. Y con lo poco que tenían ahorrado y la ayuda de un préstamo bancario compraron un piso, garantizando la devolución del capital prestado mediante la constitución de una hipoteca.

Aunque se venía avisando, lo cierto es que aquellos tiempos dieron paso a otros en los que tuvo lugar una crisis financiera muy severa con la consiguiente caída de la financiación, provocando el cierre de numerosas empresas y un aumento alarmante e imparable del desempleo. Y muchas familias pasaron por el mismo calvario: primero, perdió el puesto de trabajo el marido, más tarde la mujer y por si la situación no se había vuelto lo suficientemente insostenible, también acabaron engrosando las cifras de paro los hijos que trabajaban.

El impago de las cuotas del préstamo desembocó en la ejecución de la hipoteca, y con ser eso seriamente preocupante, no fue lo peor que les sucedió a no pocas familias de la hasta entonces amplia clase media. Las hubo que empezaron a tener dificultades para obtener lo imprescindible para el sustento diario.

En un primer momento, y tras vencer el sentimiento de pudor propio del que siempre ha podido valerse por sí mismo, pidieron ayuda a la familia que vivía en el pueblo y a los amigos más íntimos. Pero las cosas se torcieron del todo cuando la legión de los empobrecidos empezó a notar que también éstos se encontraban en dificultades. El paso siguiente para bastantes familias fue pensar en una institución de caridad. Como algunos de sus miembros no habían frecuentado hasta entonces la parroquia, temieron que les negarían la ayuda. Pero nadie les preguntó sobre sus creencias, solo se aseguraron de la certeza de su desesperada situación económica.

Hubo, sin embargo, algo todavía mejor y más emocionante. En aquellas instituciones de caridad, además de ayuda material, estuvieron siempre al lado de la familias en la asfixiante angustia que atenazaba su alma desde que el destino los había privado de lo poco que les había dado hasta entonces. ¿Hay algún otro ejemplo de tan magnánima generosidad?

 

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