El público insultador nunca tiene razón

Publicado por el Jan 16, 2017

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Se atribuye a Harry Gordon Seldfrige, fundador de los conocidos establecimientos londinenses “Selfridge”, la conocida frase “el cliente tiene siempre la razón”, que cabría interpretar, a mi juicio, más como un acto de zalamería comercial que como una verdad incontrovertible. Y claro en un tiempo como el actual en el que, por mor del populismo y la globalización, ha eclosionado la “rebelión del ciudadano-cliente”, hay muy pocos valientes que se atreven a negarle la razón –cuando no la tiene claro está- a esa informe masa de “voluntades” del pueblo-cliente manifestadas en una misma dirección.

Piensen en los asistentes a un espectáculo público de pago. Cada uno de los espectadores ha tenido que adquirir, tras abonar el importe correspondiente, el ticket que le permitió acceder a la diversión publica ofrecida. En principio, la asistencia a un espectáculo público supone un intercambio entre el espectador y el organizador del evento: aquel paga el precio y éste le ofrece el espectáculo convenido. Pero, ¿no hay nada más?

Un análisis muy apresurado revela que el organizador está obligado a ofrecer la diversión programada con el nivel de calidad esperado. Por eso –y estos es en lo que me interesa centrarme- si la prestación de los intervinientes en el espectáculo no es la anunciada, no cabe duda de que el cliente –que ya no puede exigir la devolución de lo pagado- tiene el indudable derecho de protestar, de manifestar, incluso airadamente, su descontento.

Pero hay espectáculos, pienso sobre todo en el fútbol, en los que, al ansia por contemplar el juego, se agregan gotas de pasiones encontradas. En efecto, como es consustancial a este deporte que compitan en cada partido dos rivales que buscan la victoria, a los espectadores, muchos más numerosos del equipo que juega en casa, les interesa contemplar un buen espectáculo, pero sobre todo que gane su equipo.

La atmósfera que rodea al partido se preña entonces de una vehemencia que puede llegar a provocar el descontrol de la compostura de los espectadores. El problema reside entonces en fijar los límites a partir de los cuales no pueden desbordarse los ánimos exaltados.

Pues bien, no es ésta no una materia dejada al libre arbitrio ni de los espectadores ni de los clubes que organizan los partidos. Hay toda una normativa que comprime la libertad de exaltación de los aficionados y que trata de prevenir y evitar la violencia en los espectáculos deportivos. Y entre esta normativa figura un precepto que prohíbe concretamente “las declaraciones, gestos o insultos proferidos en los recintos deportivos con motivo de la celebración de actos deportivos… que supongan un trato manifiestamente vejatorio para cualquier persona…”.

Así que por mucho que se tienda en nuestros días a la zalamería populista, y aunque me quede solo en este empeño, mi conciencia me obliga a afirmar que no es verdad que los aficionados tienen siempre razón y que una entrada les da derecho a mostrar su desagrado pero con el límite infranqueable del insulto Porque “el público insultador nunca tiene razón”

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