Jesús de Nazaret: Hombre

Publicado por el Dec 25, 2016

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El 24 de diciembre de 2013 Javier Gomá publicaba en el ABC una Tercera antológica titulada “Para besar hay que cerrar los ojos” en la que escribía unas acertadísimas reflexiones sobre la figura de Jesucristo, de las que me interesa ahora destacar las siguientes:

Todo destinaba a ese oscuro judío a ser envuelto por la Historia en el manto del olvido, como a tantos otros. De extracción social humilde, ágrafo, ni legislador como Moisés, ni príncipe como Buda, ni estadista como Mahoma, su actividad pública, muy breve, fue interrumpida prematura y trágicamente. Nadie hubiera pronosticado la enormidad excesiva de lo que siguió a su muerte”.

Javier Gomá lo explica porque en su corta vida se concentraron tres hechos que dieron a la figura de Jesús la dimensión universal que ha adquirido. A saber:

“Primero, una ejemplaridad de vida y doctrina no sólo extraordinaria sino excepcional, testimoniada en los cuatro Evangelios. Segundo, su elevación a rango divino por sus propios contemporáneos, los mismos que se habían rozado con él en vida, judíos piadosos y obsesivamente monoteístas, educados en el odio a la idolatría y al politeísmo del entorno… Tercero y último, la fe de los seguidores del galileo, una pequeña y heterodoxa secta del judaísmo, a su vez una subcultura exótica y marginal del Imperio Romano, con el paso del tiempo y contra todo cálculo vino a ser con distancia la religión más extendida en todo el planeta”.

De los tres hechos que reseña Gomá hay dos que me parecen indiscutibles: la ejemplaridad de su vida y su doctrina y que sus seguidores conforman la religión más extendida del planeta. El tercer hecho, la elevación de Jesús “a rango divino”, es una cuestión de fe a la que cada uno le dará el crédito que le merezca.

Pues bien, hoy 25 de diciembre –y no está de más recordarlo- se conmemora algo tan humano como es el aniversario del nacimiento de este ser, de cuya ingente y desbordante dimensión humana nadie puede dudar. Lo cual debería ser convenientemente celebrado al menos por todos los que nos hemos formado en la cultura judeo-cristiana.

A los que no estén convencidos de la dimensión divina de Jesús, no puede exigírseles lógicamente la devoción religiosa propia sus fieles seguidores. Pero si que se les puede pedir, al menos, dos cosas: la primera es que en el aniversario del nacimiento de Jesús muestren el mismo respeto y –por qué no-, admiración que se tienen ante los aniversarios del nacimiento o del fallecimiento de los grandes hombres que han entrado en la Historia Universal; y la segunda que no enturbien la verdadera significación de esta fiesta del cristianismo con acontecimientos astronómicos o agrícolas.

Desde luego, lo que no parece lógico es aprovechar estas fechas para volcar odio y animadversión contra la simbología del hombre que sin duda es la mayor figura de la Historia Universal. Y ello porque nadie ha mostrado durante su vida y legado a la humanidad una doctrina tan llena de amor hacia el prójimo.

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