En estas fiestas hay que esquivar la tristeza

Publicado por el dic 23, 2016

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Cuando se van teniendo años y empieza a ser largo el camino que hemos hecho al andar, van aumentando los momentos de tristeza, que son tanto más prolongados e intensos cuanto mayor sea el número de los seres queridos que nos han ido abandonando.

Durante el resto del año se soportan mejor los ataques de melancolía que nos acechan sin cesar. Tal vez porque en nuestra vida rutinaria no hay días señalados en el que tenemos que estar forzosamente alegres.

Pero mañana entramos en unas fechas en la que nos deseamos unos a otros “felices fiestas”, lo cual es, cuando menos, una invitación a pasar momentos de felicidad. La realidad que he vivido me ha permitido observar que hay corazones que están tan llenos de tristeza que no se sienten capaces de asumir la tarea de disfrutar de algún momento de felicidad. Y es que no son pocos los que piensan que ha sido tan duro lo que han pasado que no tienen derecho a sentirse felices. Les parece que sentir alegría sería como traicionar la ausencia del ser querido: cuando éste vivía la felicidad era un bien que disfrutaban en común y que falten, que no estén para compartirla, supone una mutilación en el amor que debe provocar un dolor permanente.

Comprendo los que piensen así. Pero me gustaría hacer alguna reflexión para ver si logro que alguien esquive en estas fechas y durante algunos momentos esa tristeza profunda y permanente que padecen.

Son dos la razones para evitar que los tristes rechacen la alegría navideña. La primera es que la tristeza no cambia en absoluto la realidad. Si el desconsuelo hiciese resucitar a los seres queridos, sería el primero que mantendría un intensísimo estado de aflicción. Pero por desgracia esto no es así: el pesar por su ausencia no nos los devuelve ni siquiera el breve tiempo que dura la celebración de la nochebuena. Por eso, lo que me gustaría es que tuviesen bien presente que la tristeza no cambia nada y que, como diré seguidamente, es menos beneficiosa de lo que parece.

En efecto, –y esta es la segunda razón- los que tienen la fortuna de no pasar solos estas fiestas, deben tener presente que en la celebración en común los sentimientos de todos los presentes no son idénticos. Hay unos mucho más afectados que otros en función del tipo y la intensidad de la relación amorosa que los ligaba con los ausentes. Y claro los que menos echan en falta, desean que los demás, incluidos los más tristes, compartan su alegría. Para los casos como éste, me atrevo a pedir a loa afligidos que recuerden intensamente durante algunos momentos a sus seres más queridos y que seguidamente,  haciendo todos los esfuerzos que se requieran, esquiven la tristeza durante el tiempo en que compartan con los suyos las fiestas navideñas.

Más difícil me resulta argumentar que deben evitar la tristeza los que a la melancolía de su vida diaria sin sus seres queridos agregan la amargura de la traicionera soledad. Entiendo que su situación pueda ser desesperada, por eso solo se me ocurre proponerles que se den al placentero recurso del recuerdo. Cuando sientan que se aproxima la sensación de asfixiante soledad, sumérjanse en sus más bellos recuerdos y dedíquense a revivir en su corazón, sin prisa, todos los buenos momentos que pasaron. No puedo asegurarlo, pero tengo para mi que la tristeza pasaría de largo.

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